En una entrevista con Luis Caputo en el programa de Luis Majul, el ministro dejó una frase que rápidamente generó ruido: dijo que él recomienda a sus funcionarios sacar créditos hipotecarios. En cualquier otro contexto, podría leerse como una señal de confianza en el rumbo económico. En la Argentina actual, suena más a desconexión que a optimismo.
Porque mientras desde el poder se sugiere tomar deuda a 20 o 30 años, la realidad cotidiana muestra otra cosa: salarios que corren de atrás, incertidumbre laboral y tasas que, aunque hayan bajado en términos nominales, siguen siendo un salto al vacío para la mayoría. La pregunta es inevitable: ¿quién puede hoy comprometerse a pagar una hipoteca en un país donde todo cambia cada seis meses?
El crédito hipotecario en Argentina siempre fue una rareza más que una herramienta extendida. A diferencia de otros países, donde es el camino natural hacia la vivienda, acá quedó marcado por experiencias traumáticas: desde la licuación de deudas hasta los créditos UVA que se transformaron en una pesadilla para miles de familias. En ese contexto, que el ministro lo recomiende no es un dato menor: implica asumir que la estabilidad llegó para quedarse. Pero la sociedad todavía no compra ese relato.
Además, el mensaje tiene otra lectura política. No es lo mismo recomendar endeudarse cuando sos funcionario, con ingresos altos y mayor previsibilidad, que cuando sos un trabajador común. La asimetría es evidente. Lo que para algunos puede ser una inversión, para otros puede convertirse en una trampa.
La declaración también deja al descubierto una lógica que atraviesa al equipo económico: la idea de que el mercado, por sí solo, va a reconstruir las condiciones de acceso a la vivienda. Pero la historia reciente muestra que sin políticas activas, el crédito hipotecario no despega. Y mucho menos en un país con inflación crónica y volatilidad estructural.
Más que una recomendación técnica, lo de Caputo pareció una definición ideológica. Una apuesta a que la confianza se imponga por sobre la memoria económica de los argentinos. El problema es que esa memoria pesa. Y mucho.
En definitiva, la frase no solo habla de créditos hipotecarios. Habla de la brecha entre quienes toman decisiones y quienes tienen que vivir con sus consecuencias. Y en esa brecha, una vez más, aparece el verdadero problema de la Argentina: no es solo económico. También es de percepción, de credibilidad y de realidad.