Mientras el Gobierno insiste en mostrar como un logro estratégico la compra de equipamiento militar y la modernización de las Fuerzas Armadas, puertas adentro de los cuarteles la realidad cotidiana es mucho más dura: gran parte del personal militar cobra salarios que se ubican cerca —o incluso por debajo— de lo que necesita una familia para no ser pobre en la Argentina.
La escala salarial vigente desde diciembre de 2025 muestra con claridad esa brecha. En el nivel más alto de las tres fuerzas —Ejército, Armada y Fuerza Aérea— un Teniente General, Almirante o Brigadier General percibe $2.866.115 mensuales. Un escalón más abajo, un General de División, Vicealmirante o Brigadier Mayor cobra $2.555.944, mientras que un General de Brigada, Contralmirante o Brigadier recibe $2.328.718.
Los oficiales superiores continúan con un Coronel, Capitán de Navío o Comodoro en $2.039.752, y un Teniente Coronel, Capitán de Fragata o Vicecomodoro con $1.773.466. En los rangos intermedios aparecen el Mayor o Capitán de Corbeta con $1.397.196, el Capitán o Teniente de Navío con $1.157.154, y el Teniente Primero, Teniente de Fragata o Primer Teniente con $1.029.221.

Incluso en los primeros grados de oficial los números resultan ajustados: un Teniente o Teniente de Corbeta cobra $927.877, mientras que un Subteniente, Guardiamarina o Alférez in percibe $840.353.
La situación es todavía más crítica dentro de la carrera de suboficiales, que constituye la columna vertebral operativa de las fuerzas. Un Suboficial Mayor cobra $1.433.055, un Suboficial Principal $1.270.438, y un Sargento Ayudante, Suboficial Primero o Suboficial Ayudante alrededor de $1.126.261.
Más abajo, un Sargento Primero, Suboficial Segundo o Suboficial Auxiliar percibe $990.671, mientras que un Sargento o Cabo Principal cobra $889.398. Los rangos iniciales muestran cifras aún más bajas: un Cabo Primero recibe $798.183, un Cabo o Cabo Segundo $738.764, un Voluntario de Primera o Marinero de Primera $672.914, y un Voluntario de Segunda o Marinero de Segunda apenas $622.720.
El problema aparece con claridad cuando se comparan estos salarios con el costo real de vida. La canasta básica total, que marca la línea de pobreza para una familia tipo, se ubica hoy en torno a $1,2 a $1,3 millones de pesos mensuales. Esto significa que buena parte de los rangos iniciales —cabos, voluntarios, marineros y algunos suboficiales jóvenes— se encuentran directamente por debajo de ese umbral.
Incluso varios rangos de oficiales —como subtenientes, tenientes y tenientes primeros— apenas superan esa cifra, lo que deja a muchos efectivos con ingresos muy ajustados frente a alquileres, transporte, educación de los hijos y gastos cotidianos.
Dentro del propio ámbito castrense la ironía amarga circula cada vez con más frecuencia: “Con los F-16 no se come”. La frase refleja el contraste entre los anuncios de compra de sistemas de armas y la situación material de quienes integran las fuerzas.
El problema se agrava por las características de la carrera militar. Los traslados obligatorios, los destinos en zonas alejadas, los cambios de ciudad cada pocos años y las dificultades para que las familias mantengan trabajos estables hacen que el salario militar sea muchas veces el único ingreso del hogar.
A eso se suma otro frente silencioso: la situación de los militares retirados, cuyos haberes dependen de la misma estructura salarial y que ven cómo sus ingresos quedan cada vez más rezagados frente al aumento del costo de vida.
Así, mientras desde el poder político se exhibe la modernización militar como un símbolo de fortaleza institucional, dentro de los cuarteles crece una preocupación mucho más básica: cómo sostener la vida diaria con salarios que en muchos casos apenas alcanzan para no caer en la pobreza.