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Con Tereso al poder, Milei militariza la Quinta de Olivos y ningún militar quiere ser destinado ahí porque sabe que es el final de su carrera

La Argentina finalmente encontró una nueva misión estratégica para sus Fuerzas Armadas. No será recuperar capacidad operativa, custodiar fronteras ni prepararse para los desafíos de la defensa nacional. La nueva prioridad parece bastante más urgente: que en la Quinta de Olivos no vuelva a quedar un churrasco fuera de punto.

El coronel Fernando Tereso, segundo jefe de la Casa Militar, aparece como el hombre elegido para ejecutar sobre el terreno la reorganización de la residencia presidencial después de que el Gobierno disolviera su administración general y transfiriera el control a la Casa Militar. Tereso fue jefe de prensa del Ejército y segundo jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo. Ahora le toca un destino bastante menos convencional: poner orden en Olivos.

La reorganización llega en medio de un escándalo por contrataciones y denuncias que parece escrito por un guionista al que le pidieron exagerar y respondió que no hacía falta.

En el centro aparece Belén Agudiez, exsubsecretaria de Planificación General y funcionaria cercana a Karina Milei, cuya renuncia fue oficializada mediante el Decreto 1055/2026. Antes había sido desplazado Osvaldo Javier Sosa, intendente de la Quinta y cuñado de Agudiez.

Y entonces apareció la carne.

Una licitación contempló aproximadamente 29 toneladas de productos cárnicos, pollo, pescado y otros alimentos destinados a Casa Rosada y Olivos, con una oferta que superaba los 500 millones de pesos. Agudiez y Sosa figuraban entre los funcionarios con facultades para intervenir en esos procedimientos.

En cualquier administración eso alcanzaría para abrir interrogantes. En Olivos fue apenas la entrada.

La diputada Marcela Pagano llevó a la Justicia una serie de acusaciones mucho más amplias: una contratación por unos $700 millones vinculada al mantenimiento y jardinería; un proveedor al que describió como un jubilado sin patrimonio utilizado para facturar más de $600 millones al Estado; y la sospecha de que insumos públicos podían haber terminado relacionados con un emprendimiento privado de catering denominado “Pancitos Caseros”. Son denuncias que están bajo investigación y no hechos judicialmente probados.

Pero cuando parecía imposible agregarle otro ingrediente al guiso institucional, apareció el capítulo canino.

Según versiones publicadas sobre lo ocurrido dentro de la residencia, el enojo presidencial también habría estado relacionado con la descompostura de uno de los perros de Milei. Incluso circuló entre personal desplazado una historia todavía más extravagante: que uno de los animales habría muerto y que alguien habría intentado sustituirlo sin que el Presidente lo advirtiera. Se trata de versiones no confirmadas oficialmente.

Sí: estamos hablando de la residencia del Presidente de la Nación.

Y entonces llegó la solución libertaria al problema de la eficiencia estatal: los militares.

La Casa Militar tendrá hasta 60 días para completar el traspaso de funciones. Según las versiones publicadas sobre la reorganización, Tereso tendría que avanzar sobre una estructura en la que tareas cotidianas de la residencia quedarían bajo la órbita militar.

Granaderos alguna vez cruzaron los Andes.

Ahora el desafío podría ser cruzar el jardín de Olivos sin que haya problemas con el césped.

El Ejército formó oficiales durante décadas para conducir tropas. La Argentina invirtió en academias, capacitación, logística y doctrina militar. Finalmente descubrimos para qué servía todo eso: hacía falta una estructura capaz de garantizar que alguien estuviera disponible si al Presidente se le antoja comer a cualquier hora.

En las Fuerzas Armadas, de acuerdo con las versiones publicadas, el nuevo destino no provoca precisamente una estampida de voluntarios. Y es comprensible. Resulta difícil imaginar la conversación familiar:

—¿Te trasladaron?

—Sí.

—¿Frontera?

—No.

—¿Una brigada?

—Tampoco.

—¿Estado Mayor?

—No. Olivos.

—¿Qué hacés?

—Por ahora, que no se queme la carne.

El jefe de la Casa Militar es el general Sebastián Ibáñez. Su nombre, además, ya había aparecido meses atrás en una investigación periodística de Clarín sobre presuntas irregularidades en contrataciones vinculadas a repuestos y mantenimiento de aeronaves presidenciales. El diario informó sobre testimonios y documentos referidos a supuestos retornos del 10%. Se trata de acusaciones e investigaciones, no de responsabilidades judicialmente establecidas.

Así que el cuadro completo empieza a adquirir una estética difícil de superar.

Había civiles administrando Olivos.

Estallaron denuncias por contrataciones millonarias.

Hubo despidos.

Renunció una funcionaria cercana a Karina Milei.

Se eliminó la estructura administrativa.

Y la solución fue poner la Quinta bajo la Casa Militar.

El Gobierno justificó oficialmente la reorganización en razones de seguridad y eficiencia, mientras que sindicatos y medios vincularon la decisión con los conflictos internos y las filtraciones ocurridas en la residencia.

De modo que Olivos empieza a parecer menos una residencia presidencial que una unidad militar especializada en problemas domésticos.

Falta saber si habrá toque de diana antes del desayuno, parte diario sobre el estado de los perros y orden de operaciones para cortar el césped.

Quizás el menú también deba clasificarse como secreto militar.

Lo verdaderamente extraordinario es que todo esto ocurre alrededor de un gobierno que hizo de la motosierra, la eliminación del gasto superfluo y la eficiencia estatal una bandera política.

Después de prometer destruir “la casta”, el experimento terminó necesitando coroneles para administrar la casa del Presidente.

Fernando Tereso pasó por Granaderos y fue jefe de prensa del Ejército. Ahora enfrenta probablemente una de las misiones más extrañas de su carrera: sobrevivir políticamente a la Quinta de Olivos.

Porque una cosa es conducir soldados.

Otra muy distinta es entrar en una residencia atravesada por denuncias de cientos de millones de pesos, internas palaciegas, empleados despedidos, versiones sobre perros y una administración presidencial que terminó necesitando asistencia militar para poner orden puertas adentro.

La libertad avanza. El churrasco, desde ahora, bajo supervisión castrense.

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