Juran este viernes 23 senadores electos —sobre un total de 24 renovados— y el Senado comenzará a reconfigurarse con la llegada de exgobernadores, caciques territoriales y figuras provinciales de peso que ya están marcando la cancha antes incluso de asumir plenamente sus bancas el 10 de diciembre. La sesión preparatoria no solo servirá para el juramento formal, sino que abrirá una negociación áspera por las autoridades internas y la futura composición de las comisiones, en un escenario atravesado por bloques fracturados, alianzas aún difusas y operaciones cruzadas.
La nueva camada llega con poder real en sus provincias y con agendas propias, un elemento que complica las aspiraciones del oficialismo y de la oposición tradicional para ordenar el tablero. Algunos de los que desembarcan tienen manejo directo de gobernadores en funciones; otros traen detrás estructuras políticas que pueden inclinar votaciones clave. Ese peso territorial ya empezó a sentirse en las conversaciones de pasillo: ninguno está dispuesto a quedar subordinado a los acuerdos de cúpula y todos buscan instalar condiciones desde el minuto cero.
La elección de autoridades será el primer termómetro de esa tensión. La disputa por la presidencia provisional —el segundo cargo en la línea sucesoria— y por las vicepresidencias será un anticipo del juego de poder que se desplegará en los próximos meses. A eso se suma la pelea por las comisiones estratégicas, donde se define buena parte del rumbo legislativo: Presupuesto, Acuerdos, Justicia, Asuntos Constitucionales y Energía están entre las más codiciadas.

Con un Senado que llega resquebrajado, sin mayorías propias para ningún espacio y con gobernadores urgidos por imponer su agenda en Buenos Aires, la jura de los nuevos senadores será apenas el acto formal que abrirá una etapa mucho más turbulenta. A partir de ahora, cada voto se negociará día a día, y el peso territorial de quienes ingresan tendrá un rol decisivo en la dinámica de poder que viene.