La encuesta de la consultora Innova no deja lugar a matices: el relato moral de Javier Milei está en crisis y empieza a desmoronarse frente a la percepción social.
El dato es devastador. Siete de cada diez encuestados creen que Manuel Adorni es corrupto. No es un ruido menor ni una crítica aislada: es un rechazo masivo que perfora el corazón mismo del discurso libertario. Y lo más grave es el efecto dominó: el 60% ya considera que el gobierno es corrupto, contra apenas un 30% que lo ve honesto. La supuesta superioridad ética frente a la “casta” quedó hecha añicos.

El golpe no es solo individual, es estructural. Porque cuando cae la credibilidad moral, cae todo el edificio político que se construyó sobre esa base.
Los números de Milei reflejan ese derrumbe. El Presidente acumula un 59% de imagen negativa y apenas un 41% positiva. Pero el dato más alarmante es otro: el rechazo duro ya supera el 40%, mientras que sólo un 24% mantiene una imagen positiva firme. No es desgaste, es pérdida de apoyo consolidado.

Y como si fuera poco, el horizonte político también empieza a cerrarse. El 58% de los encuestados ya quiere un cambio de gobierno en 2027, contra un escaso 33% que apostaría por su continuidad. Es un número prematuro, sí, pero profundamente revelador: la sociedad empieza a mirar una salida antes incluso de la mitad del mandato.

Todo esto ocurre en un contexto económico que agrava el cuadro: recesión, inflación persistente y un deterioro constante del poder adquisitivo. En ese escenario, los escándalos no solo golpean, sino que terminan de romper la paciencia social.
La conclusión es incómoda pero evidente: el gobierno que llegó prometiendo honestidad absoluta hoy enfrenta una crisis de credibilidad que ya no es marginal ni coyuntural. Es una caída que empieza a ser estructural. Y cuando se rompe la confianza, no hay relato que la sostenga.