El Gobierno insiste en que el esquema de bandas cambiarias es la “ancla” que garantiza previsibilidad, pero en los hechos se convirtió en un corsé que el mercado ya no compra. Mientras la volatilidad financiera se profundiza y las reservas netas continúan en terreno negativo, la City coincide en un punto: sin una estrategia clara para recomponer dólares genuinos, no habrá ni baja del riesgo país ni retorno a los mercados voluntarios de deuda.
El problema es doble. Por un lado, el Banco Central está obligado a moverse dentro de un corredor de flotación que terminó siendo demasiado estrecho para un país sin reservas y con vencimientos pesados por delante. Por el otro, ese mismo corsé limita la capacidad del BCRA para intervenir cuando la presión cambiaria se intensifica: comprar reservas se vuelve más difícil, venderlas está prohibido y mover el techo de la banda es interpretado como señal de crisis.

En ese contexto, los fondos de inversión que monitorean la curva de bonos argentinos ya lo ven con claridad: sin acumulación de reservas, el riesgo país no baja, y sin una caída sostenida del riesgo país, la Argentina seguirá lejos de cualquier colocación voluntaria de deuda que alivie la asfixia fiscal. Todo termina en un círculo vicioso.
La falta de dólares también condiciona las tasas locales. Con el BCRA sin margen real y con los bancos defendiendo liquidez ante un panorama incierto, el crédito se mantiene caro y escaso, lo que complica aún más cualquier perspectiva de recuperación económica de corto plazo.
Mientras el Gobierno intenta sostener el esquema para no abrir un frente político adicional, el mercado lo evalúa con simpleza matemática: o entran dólares o no hay estabilización posible. Y sin un cambio en la estrategia cambiaria, cada día que pasa se vuelve más cuesta arriba revertir la desconfianza.