Río Cuarto es escenario del más bizarro de los contrastes del gobierno de Javier Milei en relación con las Fuerzas Armadas. En la misma ciudad donde despegan los nuevos y muy promocionados aviones F-16, y donde se entrenan los pilotos para operarlos, la obra social de las Fuerzas Armadas dejó de recibir servicios por decisión de los prestadores de salud a quienes les deben 700 millones de pesos y llevan 45 días sin recibir pagos.
La crisis del sistema de salud del personal militar atraviesa una etapa de destrucción definitiva. Los aranceles médicos prestacionales no se actualizan desde mediados de 2025 y la interrupción de servicios alcanza a aproximadamente 3.000 afiliados de la región del sur cordobés.
Los F-16 son una de las incorporaciones que el Gobierno nacional más exhibe dentro de su gestión en Defensa, pero detrás de esa foto de los cazas la realidad es bastante menos espectacular. Es una contradicción brutal.
El Estado destina enormes recursos a recuperar la capacidad supersónica de la Argentina, capacita pilotos para manejar uno de los sistemas de armas más complejos del mundo y forma técnicos capaces de mantener esos aviones en condiciones operativas. Pero esos militares y sus familias tienen dificultades para acceder normalmente a la cobertura de salud que debería garantizarles el propio Estado.
Y en el medio de esa contradicción aparece una figura política que conoce perfectamente la importancia que adquirieron los aviones para el Gobierno: Laura Soldano, la representante de Gabriel Bornoroni en el sur de la provincia de Córdoba.
Soldano es de Río Cuarto, actualmente es diputada nacional por Córdoba de La Libertad Avanza y se convirtió en una de las caras del oficialismo nacional en el sur provincial.
Cuando hubo fiesta de los F-16, Soldano apareció. Estuvo en el Área Material Río IV el 3 de julio, cuando los pilotos argentinos realizaron su primer vuelo solo en los cazas. Su presencia junto al ministro de Defensa, Carlos Presti, fue registrada públicamente. Incluso medios políticos locales describieron aquella jornada como parte de una agenda que combinó el acto institucional de los F-16 con el despliegue territorial de La Libertad Avanza en el sur cordobés.
La diputada se muestra cómoda en ese escenario. Recorre la base, participa de las actividades y aparece alrededor de los aviones cada vez que el programa F-16 ofrece una postal potente para comunicar.
Por momentos, la exposición política alrededor de los cazas puede transmitir la impresión de que Soldano forma parte naturalmente de ese mundo. Pero no es piloto, técnica ni especialista militar: es diputada nacional. Su función es política y legislativa.
Y precisamente por eso aparece una pregunta mucho más importante que cualquier fotografía junto a un F-16:
¿Dónde está Soldano frente a la crisis sanitaria que afecta a los integrantes de las Fuerzas Armadas y sus familias en su propia región?
Porque resulta sencillo acompañar un acto cuando despega un F-16.
Mucho menos vistoso es sentarse con prestadores a discutir una deuda de cientos de millones de pesos, reclamar respuestas al Gobierno nacional o explicarles a aproximadamente 3.000 afiliados qué deben hacer cuando necesitan una prestación y el prestador suspendió la atención.
Hasta el momento, en las fuentes públicas consultadas para esta nota no aparece una intervención de Soldano frente al conflicto de OSFA comparable con la exposición que tuvo alrededor del programa F-16.
Y eso hace que el contraste sea todavía más incómodo.
Los F-16 no vuelan por las fotos de los políticos. Vuelan porque existen pilotos que pasaron por una preparación extraordinariamente exigente. La propia Fuerza Aérea informó que en Río Cuarto pilotos argentinos trabajan junto con instructores de Top Aces y que la compañía participa del entrenamiento tanto de pilotos como de técnicos.
También hay mecánicos, especialistas, operadores y personal de mantenimiento trabajando alrededor del sistema. El 27 de agosto, por ejemplo, Río Cuarto recibió personal de la Armada para realizar un intercambio técnico con el Escuadrón F-16, del que participaron pilotos, operadores de sensores y personal de mantenimiento.
Esos hombres y mujeres son los que hacen posible el programa que después la política muestra como un logro.
Y tienen familias.
Tienen hijos.
Necesitan médicos, especialistas, medicamentos, estudios e internaciones.
También pueden enfermarse.
Por eso el problema de OSFA no debería ser un asunto secundario para ningún representante del oficialismo nacional de Río Cuarto y mucho menos para una diputada que convirtió su presencia en los acontecimientos vinculados con los F-16 en parte de su agenda pública.
No se puede abrazar políticamente al avión y mirar para otro lado cuando aparecen los problemas de las personas que lo hacen volar.
La situación de OSFA en Río Cuarto deja una fotografía completamente diferente de aquella que ofrecen los actos oficiales: prestadores que denunciaron una deuda cercana a $700 millones, alrededor de 3.000 afiliados afectados y servicios interrumpidos.
Es la parte de la base aérea que no luce en Instagram.
La que no tiene cazas estacionados detrás.
La que no produce fotografías espectaculares.
Pero probablemente sea bastante más importante para un militar cuando su hijo tiene fiebre, cuando su esposa necesita un estudio o cuando él mismo necesita consultar a un especialista.
Soldano puede seguir fotografiándose junto a los F-16 y reivindicando la incorporación de los aviones como parte de la gestión de Javier Milei.
Pero los F-16 no son una escenografía política.
Detrás de cada avión hay personas.
Y hoy la paradoja de Río Cuarto puede resumirse de una manera demoledora: el Estado consiguió que sus pilotos vuelen F-16, pero todavía tiene afiliados de las Fuerzas Armadas afectados por prestadores que dejaron de atender porque la obra social les debe cientos de millones de pesos.
En la base se preparan para volar, combatir y mantener operativo uno de los sistemas de armas más sofisticados que tuvo la Argentina.
Fuera de la foto, ellos y sus familias enfrentan una recomendación mucho más elemental: mejor que no se enfermen.
Cuando hubo fiesta de los F-16, Soldano apareció. Estuvo en el Área Material Río IV el 3 de julio, cuando los pilotos argentinos realizaron su primer vuelo solo en los cazas. Su presencia junto al ministro de Defensa, Carlos Presti, fue registrada públicamente. Incluso medios políticos locales describieron aquella jornada como parte de una agenda que combinó el acto institucional de los F-16 con el despliegue territorial de La Libertad Avanza en el sur cordobés.
La diputada se muestra cómoda en ese escenario. Recorre la base, participa de las actividades y aparece alrededor de los aviones cada vez que el programa F-16 ofrece una postal potente para comunicar.
Por momentos, la exposición política alrededor de los cazas puede transmitir la impresión de que Soldano forma parte naturalmente de ese mundo. Pero no es piloto, técnica ni especialista militar: es diputada nacional. Su función es política y legislativa.
Y precisamente por eso aparece una pregunta mucho más importante que cualquier fotografía junto a un F-16:
¿Dónde está Soldano frente a la crisis sanitaria que afecta a los integrantes de las Fuerzas Armadas y sus familias en su propia región?
Porque resulta sencillo acompañar un acto cuando despega un F-16.
Mucho menos vistoso es sentarse con prestadores a discutir una deuda de cientos de millones de pesos, reclamar respuestas al Gobierno nacional o explicarles a aproximadamente 3.000 afiliados qué deben hacer cuando necesitan una prestación y el prestador suspendió la atención.
Hasta el momento, en las fuentes públicas consultadas para esta nota no aparece una intervención de Soldano frente al conflicto de OSFA comparable con la exposición que tuvo alrededor del programa F-16.
Y eso hace que el contraste sea todavía más incómodo.
Los F-16 no vuelan por las fotos de los políticos. Vuelan porque existen pilotos que pasaron por una preparación extraordinariamente exigente. La propia Fuerza Aérea informó que en Río Cuarto pilotos argentinos trabajan junto con instructores de Top Aces y que la compañía participa del entrenamiento tanto de pilotos como de técnicos.
También hay mecánicos, especialistas, operadores y personal de mantenimiento trabajando alrededor del sistema. El 27 de agosto, por ejemplo, Río Cuarto recibió personal de la Armada para realizar un intercambio técnico con el Escuadrón F-16, del que participaron pilotos, operadores de sensores y personal de mantenimiento.
Esos hombres y mujeres son los que hacen posible el programa que después la política muestra como un logro.
Y tienen familias.
Tienen hijos.
Necesitan médicos, especialistas, medicamentos, estudios e internaciones.
También pueden enfermarse.
Por eso el problema de OSFA no debería ser un asunto secundario para ningún representante del oficialismo nacional de Río Cuarto y mucho menos para una diputada que convirtió su presencia en los acontecimientos vinculados con los F-16 en parte de su agenda pública.
No se puede abrazar políticamente al avión y mirar para otro lado cuando aparecen los problemas de las personas que lo hacen volar.
La situación de OSFA en Río Cuarto deja una fotografía completamente diferente de aquella que ofrecen los actos oficiales: prestadores que denunciaron una deuda cercana a $700 millones, alrededor de 3.000 afiliados afectados y servicios interrumpidos.
Es la parte de la base aérea que no luce en Instagram.
La que no tiene cazas estacionados detrás.
La que no produce fotografías espectaculares.
Pero probablemente sea bastante más importante para un militar cuando su hijo tiene fiebre, cuando su esposa necesita un estudio o cuando él mismo necesita consultar a un especialista.
Soldano puede seguir fotografiándose junto a los F-16 y reivindicando la incorporación de los aviones como parte de la gestión de Javier Milei.
Pero los F-16 no son una escenografía política.
Detrás de cada avión hay personas.
Y hoy la paradoja de Río Cuarto puede resumirse de una manera demoledora: el Estado consiguió que sus pilotos vuelen F-16, pero todavía tiene afiliados de las Fuerzas Armadas afectados por prestadores que dejaron de atender porque la obra social les debe cientos de millones de pesos.
En la base se preparan para volar, combatir y mantener operativo uno de los sistemas de armas más sofisticados que tuvo la Argentina.
Fuera de la foto, ellos y sus familias enfrentan una recomendación mucho más elemental: mejor que no se enfermen.