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En el país de la libertad armaron una oficina para amedrentar y contestar a los periodistas

Esta nueva «Oficina de Respuesta Oficial» es, básicamente, una escupida en la cara al sentido común y un monumento a la hipocresía. Mientras te dicen que «no hay plata» y te piden que te ajustes el cinturón hasta que te falte el aire, el Gobierno se las ingenia para inventar una nueva caja y meter otra estructura burocrática al pedo, dedicada exclusivamente a lamerse las heridas y patalear cuando algo no les gusta. Es el sueño del pibe autoritario: usar la guita de tus impuestos para armar un call center de lujo que se dedica a perseguir fantasmas y a marcarle la cancha a cualquiera que no les rinda pleitesía.

Lo más cínico de todo esto es la pregunta que se cae de madura: ¿Para qué cuernos está Manuel Adorni? Se supone que tenemos un Vocero Presidencial, con rango de Ministro y un sueldo que pagamos todos, cuya única tarea es justamente dar la cara, informar y, si le da el cuero, desmentir. Si Adorni no puede cumplir con su laburo, que renuncien él y su ejército de asesores, en vez de crear otra oficina paralela para hacer exactamente lo mismo pero con un tono más de matón de barrio. Al final, el famoso ajuste era para los demás, porque para armar ministerios de la propaganda y pagarle el sueldo a los comisarios del pensamiento, siempre aparece una partida presupuestaria mágica.

Es una tomada de pelo total. Se llenan la boca hablando de la libertad mientras montan un aparato de vigilancia que parece sacado de una dictadura de cuarta. Dicen que vienen a combatir la «mentira», pero lo que realmente quieren es que el único ruido que se escuche sea el aplauso oficialista. Se quejaban de la pauta y del relato K, pero terminaron perfeccionando el modelo: ahora no solo te bajan línea, sino que usan la estructura del Estado para señalarte con el dedo y tratarte de opereta si osás publicar un dato que les arruine la narrativa del día. Es un gastadero de guita obsceno para alimentar el ego de un Gobierno que no aguanta una crítica sin armar un berrinche institucional.

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