El Gobierno puede comprar aviones, exhibirlos, fotografiarlos y convertirlos en una bandera de su política de Defensa. El problema aparece cuando llega el momento de retener a los hombres y mujeres capacitados para operarlos.
La crisis salarial dentro de las Fuerzas Armadas vuelve a quedar expuesta con un dato particularmente incómodo para la administración de Javier Milei y para el ministro de Defensa, Carlos Presti: mientras el discurso oficial habla de modernización, reequipamiento y recuperación de capacidades militares, los haberes continúan mostrando una enorme distancia frente a algunas alternativas laborales del sector privado.
La situación ya dejó de ser solamente una discusión de pasillos. Página/12 informó este fin de semana sobre un creciente malestar dentro de los cuarteles por el nivel salarial y señaló casos de personal altamente capacitado que abandona las Fuerzas en busca de ingresos considerablemente superiores. (Página|12)
Uno de los casos más impactantes sería el de un piloto destinado al sistema F-16 que pidió la baja y pasó al sector privado. Según la información que circula en el ámbito militar, su destino no fue una gran aerolínea internacional ni otro puesto asociado al prestigio de volar un caza supersónico: habría elegido trabajar como piloto para una empresa dedicada a tareas de fumigación.
La comparación económica explica buena parte de la decisión: frente a ingresos militares cercanos al millón y medio de pesos para determinadas jerarquías, en la actividad privada podría percibir alrededor de cinco millones.
Y ahí aparece una contradicción difícil de disimular.
Argentina invierte en incorporar los F-16 como una de las principales apuestas para recuperar la capacidad supersónica de la Fuerza Aérea, pero simultáneamente enfrenta el desafío de conservar a los pilotos que requieren años de selección, entrenamiento y formación especializada.
A eso se suma otro problema señalado dentro de la Fuerza: las restricciones presupuestarias para acumular horas de vuelo. El costo operativo de un caza no se limita al combustible; incluye mantenimiento, repuestos, inspecciones y componentes cuya vida útil está vinculada precisamente a las horas voladas. Por eso, cualquier limitación fuerte del presupuesto termina repercutiendo directamente sobre el adiestramiento.
El fenómeno tampoco estaría limitado a la Fuerza Aérea.
En la Armada se conoció el caso de un capitán que habría solicitado su retiro para incorporarse como responsable de un buque pesquero. En ese sector las remuneraciones pueden variar enormemente porque una parte de los ingresos depende de las capturas y de cada campaña, pero en meses especialmente buenos podrían alcanzar cifras cercanas a los 30 millones de pesos.
La comparación con los haberes oficiales es demoledora.
Desde septiembre, el haber mensual establecido oficialmente para un capitán de navío o coronel es de $2.564.733; para un capitán de fragata o teniente coronel, $2.229.912; para un capitán de corbeta o mayor, $1.756.798; y para un teniente de navío o capitán, $1.454.977. En la parte inferior de la escala, un marinero o voluntario de primera tiene fijados $846.104 y uno de segunda, $782.991. Son los valores de la Resolución Conjunta 44/2026 firmada por Economía y Defensa. (Argentina)
Es decir: no se trata únicamente de una sensación de empobrecimiento expresada dentro de los cuarteles. Los propios números oficiales permiten dimensionar el problema.
En agosto, Milei y Presti habían dispuesto además una suma extraordinaria de apenas $50.000 para el personal militar en actividad, la Policía de Establecimientos Navales y el personal civil de Inteligencia de las Fuerzas Armadas. El decreto justificó aquel pago excepcional en la necesidad de mantener los estándares adquisitivos de las remuneraciones. (Argentina)
El contraste con el discurso oficial es todavía mayor porque el propio Gobierno reconoció normativamente el problema de retener personal especializado. En el DNU 473/2026 admitió que la falta de incentivos retributivos adecuados produce un deterioro de capacidades y una pérdida de capital humano que requiere años de formación y práctica para ser reconstruido. (Argentina)
Ahí está posiblemente el corazón del problema.
Un F-16 se compra con dólares. Un radar se compra. Un misil se compra. Un barco puede repararse y un vehículo puede reemplazarse. Pero formar un piloto militar, un submarinista, un especialista en sistemas de armas, un ingeniero o un oficial naval demanda años y una enorme inversión del Estado.
Si después el sector privado puede llevarse ese recurso humano multiplicándole varias veces el ingreso, la política de reequipamiento corre el riesgo de convertirse en una enorme vidriera con crecientes dificultades para conservar detrás al personal especializado.
PRESTI Y UNA ARMADA BAJO TENSIÓN
Todo esto ocurre, además, en un momento especialmente delicado para Carlos Presti.
El ministro acaba de ordenar al jefe de la Armada avanzar con consejos de disciplina contra personal involucrado en la investigación por presuntos pagos irregulares que superarían los $980 millones. Públicamente, Presti afirmó que pretende preservar el prestigio de la Armada y reclamó que, si la Justicia determina responsabilidades, los involucrados sean condenados. (Todo Noticias)
Ese episodio abrió un nuevo foco de tensión dentro de una estructura militar en la que conviven la disciplina vertical propia de las Fuerzas con un creciente malestar salarial.
Por eso, las versiones sobre diferencias entre Presti y las conducciones militares deben distinguirse de los hechos comprobados. Lo verificable es que Defensa intervino directamente sobre una situación interna de la Armada y ordenó al jefe de esa fuerza tomar medidas disciplinarias. La existencia, alcance y protagonistas de una eventual interna más amplia requieren todavía mayor documentación pública.
Pero el problema salarial está a la vista.
El Gobierno puede hablar de modernización. Puede mostrar los F-16. Puede reivindicar inversiones en equipamiento y presentar cada adquisición como una recuperación histórica de las capacidades militares.
Hay algo que ninguna puesta en escena puede reemplazar: el recurso humano.
Cuando un piloto preparado para integrar uno de los sistemas de armas más sofisticados del país encuentra económicamente más conveniente volar un avión fumigador, o cuando un oficial naval puede multiplicar varias veces sus ingresos abandonando la Armada para trabajar en un pesquero, la discusión deja de ser únicamente salarial.
Pasa a ser una discusión sobre la capacidad del Estado argentino para conservar a las personas que formó durante años.
Milei y Presti pueden comprar fierros.
El verdadero desafío es evitar que, mientras llegan los fierros, se vayan quienes saben utilizarlos.