La inflación de marzo de 2025, que alcanzó el 3,7% según datos oficiales, representa un duro revés para las promesas económicas de Javier Milei. Su gestión, que se jacta de un enfoque ortodoxo basado en el ajuste fiscal y la contención monetaria, parece tropezar con una realidad que no logra domar. Este repunte, que supera el 2,4% de febrero, evidencia una aceleración preocupante, especialmente en rubros sensibles como alimentos y bebidas, que golpean directamente el bolsillo de los sectores más vulnerables.
Milei había proyectado perforar el 2% mensual para abril o mayo, pero los números de marzo desmienten ese optimismo. Factores estacionales, como el inicio del ciclo lectivo, y la presión de precios en carne, verduras y lácteos, explican parte del aumento, pero no justifican del todo el desvío. La política de «ancla cambiaria», con un crawling peg al 1%, parece insuficiente para contener las expectativas de devaluación, que se trasladan a los precios. Además, la falta de un plan integral para abordar la inercia inflacionaria y la rigidez de precios regulados deja al descubierto las limitaciones de su estrategia.
El relato de «pulverizar la inflación» choca con una economía que, si bien muestra signos de recuperación, no logra estabilizarse. La insistencia en medidas de shock sin un acompañamiento que mitigue el impacto social agrava la percepción de desconexión con las necesidades cotidianas. Si Milei no ajusta el rumbo, la inflación podría seguir siendo el termómetro de un malestar que no se resuelve solo con discursos de disciplina fiscal.