Por Romualdo de la Hoya
La política cordobesa entró en esa etapa donde los movimientos empiezan a leerse en clave electoral, aunque nadie lo admita en público. Pero la diferencia entre unos y otros ya es imposible de disimular: mientras Martín Llaryora consolida poder, territorio y gestión, la oposición aparece deshilachada, sin liderazgo y sin un solo nombre que genere expectativa real. Córdoba vuelve a mostrar que tiene un solo proyecto de poder y que lo demás es ruido.
A nivel nacional, Milei juega su propio ajedrez, uno donde la provincia pesa menos que una ley ómnibus bien votada. El Presidente nunca ocultó su desinterés por el interior productivo y Córdoba no es la excepción. Lo que sí le importa es garantizarse votos en el Congreso, y en ese cálculo Llaryora se vuelve una pieza funcional, no porque el gobernador sea mileísta —todo lo contrario— sino porque es el único dirigente con estructura, volumen político y capacidad de gestión para garantizar gobernabilidad. Milei no quiere problemas en provincias grandes, y si para eso la reelección de Llaryora sirve, no es algo que vaya a incomodarlo. Pragmatismo puro.

En cambio, la oposición cordobesa vive en un loop. Luis Juez vuelve a aparecer como “posible candidato”, pero su figura ya no moviliza ni a los propios. Es un eterno proyecto inconcluso, siempre prometiendo lo que nunca puede concretar. No es parte del círculo íntimo del mileísmo —ni Santiago Caputo ni el Gordo Dan lo consideran propio— y tampoco logra constituirse como una alternativa seria. El problema de Juez no es que perdió muchas elecciones: es que dejó de representar una idea de futuro. Su marca política ya no convoca.
Del lado libertario, el nombre que entusiasma a la Casa Rosada es Gabriel Bornoroni, el candidato “puro”, el que mejor refleja la identidad mileísta sin disfraces. Pero el mileísmo provincial sufre el mismo problema en todos lados: no tiene territorio, no tiene intendentes, no tiene músculo. Bornoroni puede encabezar una boleta, pero difícilmente pueda construir una campaña con presencia real en los 427 municipios y comunas de Córdoba. Favores en Buenos Aires no reemplazan estructuras en el interior.

Mientras tanto, Rodrigo de Loredo enfrenta una misión casi imposible: recomponer lo que queda del radicalismo. Un partido histórico reducido a peleas internas, sin horizonte electoral y sin capacidad de disputar la gobernación. De Loredo intenta sostenerlo, pero cada día es más claro que la UCR ya no es un actor determinante en Córdoba. Su rol en 2027 será, en el mejor de los casos, evitar que el partido quede tercero o cuarto.
Frente a ese paisaje, el PJ de Llaryora hace lo que mejor sabe hacer: salir al territorio. Concejos deliberantes, cooperativas, intendentes, productores, universidades, cámaras empresarias, juntas vecinales: el peronismo cordobés ya está en modo campaña, aun sin decirlo. Y lo hace con un diferencial que ningún otro espacio tiene: gestión, presencia y un liderazgo ordenado. Llaryora no solo gobierna; construye poder mientras gobierna, y ahí radica su principal fortaleza.

La campaña provincial todavía no empezó, pero la lectura editorial es inevitable: mientras el resto improvisa, Llaryora planifica. Mientras los demás discuten nombres, el peronismo construye mayorías. Mientras la oposición se desgasta en internas, el gobernador se fortalece.
Si nada cambia, Córdoba ya eligió el tono de la próxima disputa: Llaryora contra el vacío. Y esa, para cualquier opositor, es la peor campaña posible.