Por Romualdo de la Hoya
Mientras promete disciplina fiscal y el fin de la emisión, el Gobierno de Javier Milei sigue incrementando la deuda, expandiendo la base monetaria y sosteniendo un esquema de especulación financiera. Los números oficiales contradicen al relato.
El Presidente asegura que su administración representa una ruptura histórica con el modelo económico argentino. Sin embargo, la propia información del Banco Central y del Ministerio de Economía revela que el Estado continúa expandiendo pasivos, administrando el tipo de cambio para favorecer posiciones financieras y generando emisión indirecta a través de intereses. El relato de austeridad se diluye ante la evidencia contable.
Javier Milei llegó al poder prometiendo dinamitar el Banco Central, frenar de cuajo la emisión de pesos y aplicar una disciplina fiscal inédita. El discurso se repite en cada intervención pública: se acabó el “Estado derrochón”, la Argentina entró en la era de la ortodoxia económica y los mercados ahora confían.

Pero la realidad muestra otra cosa.
La deuda pública continúa creciendo. Según cifras oficiales, el stock de deuda bruta alcanzó niveles récord, incluso en un contexto donde la devaluación debería, en teoría, licuar parte de ese peso. La variación es tan amplia que excede cualquier efecto contable. El Estado argentino, lejos de achicarse, se sigue financiando mediante compromisos a futuro.
Al mismo tiempo, la emisión no se frenó: se transformó. Los intereses de los pasivos remunerados del Banco Central significan creación de dinero nuevo, solo que no se presenta como tal en el discurso oficial. Es emisión indirecta, diferida y funcional al sostenimiento del sistema financiero.
A esto se suma la administración del tipo de cambio para garantizar rendimientos del carry trade. Los capitales de corto plazo obtienen ganancias en pesos a tasas elevadas y luego se posicionan nuevamente en dólares. Es el mismo mecanismo que Milei denunciaba como “la estafa de la casta”, hoy continuado sin modificaciones estructurales.
El resultado es claro: mientras el salario real cae y la actividad se contrae, los fondos con acceso privilegiado al sistema financiero obtienen ganancias extraordinarias. La austeridad es selectiva. La motosierra tiene dueños.
El modelo libertario prometió terminar con los privilegios.
Por ahora, solo cambió quiénes los administran.