La sesión preparatoria en Diputados expuso, de manera cruda, el clima político que atraviesa al oficialismo y el desgaste que ya muestra el espacio libertario en el Congreso. Lejos de la épica del “orden y las formas” que el Gobierno suele reclamar, la jura dejó una postal incómoda: gritos cruzados, burlas, gestos groseros y un nivel de descontrol que desmiente cualquier relato de superioridad moral.
El episodio más comentado fue el de un legislador libertario que, creyendo que el micrófono estaba apagado, lanzó un comentario machista que recorrió el recinto como un rayo: “Che, ¿viste las diputadas nuevas? Están todas buenas”. El comentario provocó indignación en varias bancas, discusiones inmediatas y una lluvia de reproches hacia el bloque oficialista, que intentó disimular la escena con risas nerviosas. Fue, para muchos, el símbolo perfecto de un espacio que exige austeridad y seriedad, pero no logra ordenar ni a sus propios representantes.

La tensión creció cuando Juan Grabois, presente en el recinto acompañando a diputados de su espacio, lanzó una serie de señas y ademanes hacia la bancada libertaria tras escuchar chicanas y gritos como “¡Vayan a laburar, vagos!” y “Acá se terminó el curro de los piqueteros!”. Grabois respondió con gestos de burla, brazos abiertos en señal de desafío y un visible “¿y ahora qué?” dirigido a quienes lo increpaban. Ese intercambio subió el tono del ambiente y obligó a las autoridades de la sesión a llamar al orden.
Los gritos se multiplicaron en las juras que siguieron. Un diputado opositor, al tomar la palabra, lanzó un mensaje directo al oficialismo: “Juro defender a las provincias del saqueo fiscal del Gobierno nacional”. Desde la bancada libertaria respondieron con insultos sueltos —“llorones”, “viven de la teta del Estado”— mientras algunos agitaban papeles y se reían entre sí.

Lejos de exhibir disciplina, los libertarios quedaron atrapados en su propio caos. Hubo diputados que interrumpieron juras ajenas para gritar “¡Viva la libertad, carajo!” en momentos que no correspondían, lo que terminó generando reproches entre ellos mismos. Incluso desde bloques aliados surgieron miradas incómodas ante el espectáculo: el clima de desorden dejó en claro que el oficialismo tendrá dificultades no solo para construir mayorías, sino también para mantener un mínimo decoro dentro del recinto.
El oficialismo había llegado a la sesión decidido a mostrar firmeza frente a la oposición. Pero el resultado fue otro: un desfile de frases fuera de lugar, malas formas y gestos impropios de una jura legislativa. El episodio de las señas de Grabois, los comentarios machistas y las chicanas permanentes terminaron de pintar el cuadro de un Congreso que no arrancó con solemnidad, sino con un anticipo de la conflictividad que marcará los próximos meses.
Si la jura fue la primera escena del nuevo período parlamentario, el Gobierno debería tomar nota: mostrar autoridad hacia afuera es sencillo; mantenerla puertas adentro, bastante más difícil.