La decisión de Metalfor de despedir a 35 trabajadores mientras millones de argentinos seguían el partido de la Selección no fue un hecho aislado ni una simple medida empresarial. Fue una demostración de una forma de ejercer el poder que deja al descubierto una enorme falta de sensibilidad hacia quienes sostuvieron durante años el crecimiento de la compañía.
Los telegramas llegaron justo antes de que comenzara el encuentro de la Selección Argentina. Los empleados habían sido autorizados a retirarse para ver el partido. Lo que parecía un gesto de consideración terminó siendo una maniobra que muchos calificaron como una verdadera emboscada.
Al frente de Metalfor se encuentra Eduardo Borri, uno de los principales accionistas de la empresa y, además, presidente de la Cámara de Industriales Metalúrgicos y de Componentes de Córdoba. Su rol institucional le otorga una responsabilidad aún mayor: representa a un sector clave de la producción cordobesa y debería ser un ejemplo de compromiso con el empleo y la industria nacional.
Junto a Borri aparecen también como propietarios de la firma María Rosa Miguel y José Luis Dassie, integrantes del grupo empresario que tomó la decisión de dejar a 35 familias sin trabajo.
Lo más llamativo es que todo esto ocurre en el sur de Córdoba, una de las regiones donde Javier Milei obtuvo algunos de sus mejores resultados tanto en las elecciones presidenciales como en las legislativas. Allí, miles de trabajadores y productores acompañaron con su voto la promesa de un cambio que, según se decía, traería inversiones, crecimiento y más empleo.
Sin embargo, varios trabajadores recuerdan otro episodio que hoy adquiere un significado especial. Durante la campaña presidencial de 2023, según el testimonio de un empleado, dentro de la empresa se repetía que si Milei no ganaba las elecciones, Metalfor iba a cerrar. Ese mensaje generó temor e incertidumbre entre quienes dependían de ese salario para sostener a sus familias.
Milei ganó. La fábrica no cerró.
Pero los despidos llegaron igual.
La pregunta es inevitable: ¿aquellas advertencias respondían a una preocupación real o fueron utilizadas para generar miedo entre los trabajadores e influir en el clima político dentro de la empresa?
Porque el resultado final demuestra una enorme contradicción. El escenario político que supuestamente garantizaría la continuidad de la empresa terminó acompañado por despidos masivos.
Detrás de cada telegrama hay una historia personal, hijos, alquileres, créditos y proyectos de vida que quedaron en suspenso. Nada de eso pareció pesar al momento de elegir el instante exacto para comunicar los despidos: mientras el país estaba unido frente a una pantalla alentando a la Selección Argentina.
Metalfor supo construir una imagen de empresa modelo dentro del entramado industrial cordobés. Sin embargo, decisiones como esta ponen en discusión no solo su responsabilidad social empresaria, sino también el mensaje que transmite una conducción que, pese a ocupar lugares de representación institucional, parece haber olvidado que el principal capital de cualquier industria son sus trabajadores.
En una región que respaldó mayoritariamente el proyecto político de Javier Milei, la historia de Metalfor se convierte en un símbolo incómodo. Porque quienes alguna vez alimentaron el temor de que sin determinado resultado electoral la fábrica desaparecería, hoy son los mismos que, con ese resultado consumado, decidieron despedir a decenas de empleados.
No fue la política la que firmó los telegramas.
Fueron los dueños de la empresa.