Luis Juez volvió a hacer lo que tantas veces hizo a lo largo de su extensa carrera política: marcar distancia cuando el vínculo con el poder comienza a enfriarse. Esta vez, el destinatario es Javier Milei, el mismo Presidente con el que cultivó durante años una relación de cercanía política y personal.
El senador cordobés acaba de reconocer públicamente el cambio de clima con una frase difícil de disimular: “Yo pasé de comer milanesas a que no me den pelota”. La declaración fue realizada en A24 mientras cuestionaba el tratamiento de la discapacidad previsto en el Presupuesto 2027.
Pero la frase tiene una dimensión política que excede largamente el menú de Olivos.
Juez sostiene que no pertenece a La Libertad Avanza. Y, estrictamente, es cierto: el senador ya había declarado en septiembre de 2025 que no era libertario, que no se habría afiliado ni “pintado de violeta”. El problema político para Juez no pasa entonces por su ficha de afiliación, sino por la cercanía que decidió mantener con el Gobierno y por las decisiones que acompañó durante ese período.
Ahora parece haber llegado el tiempo de diferenciarse.
Y resulta inevitable preguntarse cuánto de esta nueva autonomía responde a diferencias de fondo y cuánto al deterioro de una relación que el propio Juez describe de una manera brutalmente gráfica: antes compartía milanesas; ahora, según sus propias palabras, no le dan pelota.
El episodio de discapacidad expuso esa tensión. Juez cuestionó los cambios previstos en el Presupuesto 2027, pidió cautela y dijo esperar que exista un error que pueda corregirse en Diputados. También contó que habló con Gabriel Bornoroni para pedirle especialmente que atendiera el asunto.
Es legítimo que un senador cuestione al Gobierno. También es legítimo que modifique posiciones. Lo que merece explicación política es por qué determinadas diferencias adquieren ahora semejante volumen, precisamente cuando la relación con Milei dejó de tener la intensidad de otros tiempos.
Porque Juez no describe simplemente una discrepancia legislativa. Describe un desplazamiento personal dentro del universo oficialista: antes tenía acceso; ahora siente que no lo escuchan.
Ahí aparece la contradicción que deberá explicar ante los cordobeses. Si nunca fue de La Libertad Avanza, como enfatiza, ¿qué significaba entonces aquella proximidad con Milei? ¿Dónde terminaba el acompañamiento institucional y dónde comenzaba la identificación política? ¿Y por qué la distancia se vuelve mucho más visible justo cuando desaparecen las invitaciones?
La política permite acuerdos, rupturas y rectificaciones. Lo que no debería permitir tan fácilmente es reescribir el pasado cada vez que cambia el presente.
Luis Juez puede alejarse de Milei todo lo que considere necesario. Puede cuestionar el Presupuesto, discutir con Caputo o plantarse frente a cualquier decisión del Ejecutivo. Pero hay algo que no puede borrar con una declaración: durante un período eligió ser uno de los aliados políticos del Gobierno y sostuvo públicamente una relación cercana con el Presidente.
Ahora las milanesas se terminaron.
Y quizá el dato políticamente más revelador no sea que Luis Juez haya comenzado a hablar más fuerte contra algunas decisiones del Gobierno, sino que él mismo haya contado cuándo empezó a sentirse lejos del poder: cuando dejaron de invitarlo a la mesa.