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Milei apoyaría un aborto a la virgen María según un tuit que considera que Jesús es el padre del Comunismo




“Si pudiera volver atrás en el tiempo, viajaría a Palestina hace 2025 años y evitaría que Cristo naciera, porque él es el origen del comunismo y de todos los males en la Tierra.”

El presidente Javier Milei volvió a cruzar un límite que excede largamente la provocación política y se adentra en el terreno del agravio explícito y la intolerancia. Esta vez, lo hizo al repostear un mensaje que plantea impedir el nacimiento de Jesucristo, atribuyéndole ser “el origen del comunismo y de todos los males de la Tierra”, una expresión de odio que ataca de manera directa a una de las figuras centrales del cristianismo.

La imagen que circula en redes es contundente: el post aparece claramente marcado como “Javier Milei reposteado”, lo que elimina cualquier intento de relativizar el hecho. No se trata de una fake news ni de una operación: el Presidente de la Nación amplificó un contenido que banaliza la violencia, ridiculiza la fe de millones de personas y utiliza la figura de Cristo como blanco de una diatriba ideológica extrema.

El reposteo no es un error menor ni una simple “opinión personal”. Milei no es un usuario más de X: es el jefe del Estado argentino. Su decisión de amplificar un mensaje que fantasea con evitar el nacimiento de Jesús implica un desprecio abierto hacia la comunidad católica, mayoritaria en el país, y choca de frente con cualquier noción de respeto, convivencia democrática y responsabilidad institucional.

La gravedad se profundiza si se tiene en cuenta que el propio Milei se ha presentado públicamente como defensor de “los valores occidentales y judeocristianos”. Sin embargo, en los hechos, comparte contenidos que promueven el odio simbólico contra esos mismos valores cuando no encajan en su lógica de guerra cultural permanente.

Desde distintos sectores, el repudio no tardó en llegar. Dirigentes políticos, referentes sociales y creyentes cuestionaron el silencio posterior del Presidente, que no pidió disculpas ni ofreció aclaraciones, reafirmando un estilo de gobierno donde la provocación constante parece sustituir al ejercicio responsable del poder.

El episodio vuelve a encender una alarma: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar el Presidente en su cruzada ideológica? Cuando el jefe del Estado legitima discursos que atacan creencias religiosas y naturaliza mensajes de violencia simbólica, el problema deja de ser Milei y pasa a ser la degradación del debate público y del rol presidencial.

No es irreverencia. No es libertad de expresión. Es un nuevo capítulo de una deriva peligrosa donde el Presidente confunde la investidura con una cuenta personal y convierte el odio en política de Estado.

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