Javier Milei, el presidente que prometió «motosierra» para el Estado pero parece reservar la leña para sus solos de guitarra, ha elevado su obsesión musical a nuevo nivel de delirio autoritario. El anuncio de «La Banda Presidencial» –un ensamble de aduladores presidenciales que debutará mañana en el Movistar Arena para «presentar» el libro La construcción del milagro– no es un recital inocente. Es la culminación de un proyecto siniestro: transformar la música, ese bastión de la rebeldía popular, en un megáfono para su mesianismo libertario. En un país ahogado por la inflación y la pobreza, este show es el colmo de la desconexión: rock para los ricos, hambre para el pueblo.
No es la primera vez que Milei ensaya su role-playing de estrella de rock. Recordemos el Luna Park de mayo de 2024, donde «La Banda Liberal» –con el presidente a la voz y un coro de economistas de pacotilla– desgranó Panic Show de La Renga ante 8.000 devotos. Aquel evento, envuelto en acusaciones de plagio por el libro que lo inspiraba, fue calificado como una «misa laica» por sus críticos. Ahora, con «La Banda Presidencial», el elenco se refina en pureza ideológica: Alberto «Bertie» Benegas Lynch aporreando la batería (el diputado que aboga por vender hasta el aire que respiramos), su hermano Joaquín rasgueando la guitarra (aspirante a senador con sueños de desmantelar el Estado), y Marcelo Duclós en el bajo (el hagiógrafo que retrata a Milei como un profeta con tijeras). Milei, obvio, como frontman indiscutido, con un setlist de más de seis covers «personalizados» que incluyen dardos contra Pedro Sánchez y letanías antisocialistas.
Este armado es un insulto a la inteligencia colectiva. ¿Qué pinta una «banda presidencial» en una nación donde la Banda de Música de la Nación –esa herencia cultural de siglos, forjada en marchas independentistas y folklore gaucho– languidece sin presupuesto? Milei la ignora, como ignora a los artistas independientes que su gobierno asfixia con recortes. Mientras Dum Chica es perseguida por su proyección satírica de Milei como demonio en Lollapalooza 2025 (con amenazas presidenciales de cárcel en «naciones civilizadas»), y figuras como Lali Espósito o María Becerra son demonizadas como «casta parasitaria» por tocar en eventos públicos, el presidente arma su combo de yes-men para un repertorio que glorifica su «milagro» económico. ¿Milagro? Con un 52% de pobreza según el INDEC (cifras que el oficialismo cuestiona como «fake news»), este concierto es un derroche obsceno: ensayos en la Quinta de Olivos, seguridad VIP y un escenario que podría costar millones, todo financiado por impuestos de quienes apenas llegan a fin de mes.

La crítica a Milei es demoledora: este no es un músico, es un demagogo con amplificador. En su juventud, con la banda Everest, copiaba a los Rolling Stones; hoy, copia el formato de los shows masivos para blanquear su fracaso. En medio de la crisis con España por sus insultos al rey, y con estallidos culturales como el de Cosquín Rock gritando «Milei basura, vos sos la dictadura», este recital no será arte: será propaganda con distorsión. ¿Cuántos jubilados, tocando la armónica en la calle para sobrevivir, verán esto como un chiste cruel? ¿Qué le dice a la juventud, esa que rechaza su «shock» neoliberal mientras baila a los Redonditos de Ricota en plazas ocupadas?
Milei, el eterno adolescente con corbata, ha convertido la Casa Rosada en un estudio de grabación para su ego. Mañana, en el Movistar, que retumbe no el bajo, sino el eco de la resistencia. Porque la verdadera banda presidencial debería amplificar las voces del pueblo, no los solos de un presidente que toca para no escuchar. En tiempos de motosierra cultural –con fondos cortados a orquestas sinfónicas y recitales prohibidos en la ex ESMA–, este show es el réquiem de la pluralidad. Que Milei cante solo: el público, ya lo sabe, no aplaudirá.