Javier Milei no perdió un segundo en festejarlo. Con un tuit grandilocuente y otro round de épica libertaria, celebró que La Libertad Avanza se convirtiera en la primera minoría de la Cámara de Diputados. En la práctica, el avance de LLA se explica menos por una construcción política propia y más por el derrumbe sistemático de Unión por la Patria, que ya no retiene ni a los propios y se desangra en peleas internas mientras la conducción se encierra en su laberinto de desconfianzas.

La incorporación de un nuevo legislador a LLA, sumada a la fuga de tres diputados del peronismo, acomodó el tablero legislativo en favor del oficialismo justo en un momento donde Milei necesita aire político para sostener un programa económico cada vez más cuestionado. Pero el dato más relevante no es el número: es el clima. El Congreso se está volviendo un terreno donde el oficialismo pesca en río revuelto y la oposición se empequeñece por su propia incapacidad de ofrecer una alternativa cohesionada.
Mientras Milei se abraza a su relato de “minoría intensa convertida en fuerza dominante”, lo real es que el oficialismo ensancha su espacio por derrumbe ajeno. Y aunque el Presidente intente mostrarlo como una victoria estratégica, la fragilidad estructural de un bloque formado a fuerza de saltos individuales podría convertirse mañana en su talón de Aquiles. LLA crece, sí, pero sobre un mapa político donde los partidos tradicionales se fragmentan al ritmo de la crisis y del miedo a quedar afuera de la rosca oficial.
En paralelo, Unión por la Patria sigue acumulando golpes: pérdida de volumen propio, indefinición estratégica y un creciente malestar interno por la falta de conducción efectiva. El peronismo legislativo vive una crisis de identidad y liderazgo que Milei aprovecha sin pudores.
El Presidente festeja, y tiene su razón: ser primera minoría le abre una puerta importante para empujar el Presupuesto 2026 y blindar a su gabinete bajo presión. Pero no debería confundirse: está navegando una ola que hoy lo favorece, pero cuya dirección depende más del deterioro de los demás que de la solidez de lo propio. Una victoria, sí, pero sostenida por la inestabilidad general, no por un proyecto político que haya logrado enraizar.