El titular de Gendarmería, Claudio Brilloni —pareja de la cordobesa ministra de Seguridad  de la Nación Alejandra Monteoliva— quedó en el centro de la polémica por un gasto difícil de justificar. En línea con la “moral” que predica Manuel Adorni, autorizó una compra de boinas por más de US$ 2 millones que, increíblemente, nunca se usaron.

¿El motivo? El uniforme oficial de Gendarmería sigue exigiendo gorra, no boina.

Pero lo más grave no es el despropósito, sino el precio: cada unidad se pagó alrededor de $150.000, cuando en cualquier local se consigue por unos $50.000. Un sobreprecio que triplica el valor de mercado y abre una pregunta inevitable: ¿quién se quedó con la diferencia?

Otra vez, los discursos de austeridad chocan contra decisiones que huelen a privilegio, descontrol y —como mínimo— una administración muy poco transparente.

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