Los resultados de las pruebas PISA 2025 fueron un mazazo para la educación argentina: el país registró su peor desempeño de las últimas dos décadas. Pero quizás lo más llamativo de la jornada no fueron solamente los números, sino la explicación que ensayó este martes el vocero presidencial Adrián Ravier desde la Casa Rosada.
Consultado específicamente sobre si el Gobierno piensa aumentar la inversión educativa frente al deterioro reflejado por PISA, Ravier terminó reconociendo algo que la administración de Javier Milei suele intentar justificar bajo el paraguas del equilibrio fiscal: “Hemos tenido que llevar adelante una reducción del gasto”.
La respuesta resulta difícil de pasar por alto. Argentina obtuvo 367 puntos en Matemática, 389 en Lectura y 393 en Ciencias. En Matemática, el 76% de los estudiantes evaluados no alcanzó el nivel mínimo de competencia. Casi la mitad presentó bajo desempeño simultáneo en las tres áreas.
¿Y cuál fue la reacción del Gobierno? Básicamente, mirar para atrás.
Ravier sostuvo que los resultados son consecuencia de lo ocurrido durante los doce años anteriores a la evaluación y afirmó que los gobiernos precedentes “hicieron las cosas mal en materia de educación”. Es cierto que una prueba realizada a estudiantes de 15 años mide una trayectoria educativa que comenzó mucho antes de la llegada de Milei. Pretender cargarle exclusivamente al actual Gobierno el deterioro acumulado durante años sería absurdo.
Pero utilizar ese argumento para esquivar lo que está ocurriendo hoy es otra cosa.
Porque Milei lleva casi tres años gobernando y durante ese período el financiamiento educativo nacional sufrió un fuerte ajuste. Las partidas educativas específicas registran una caída real del 47,7% respecto de 2023, mientras que el Presupuesto 2026 derogó la Ley de Financiamiento Educativo.
Ahí aparece la contradicción.
Cuando los resultados educativos sirven para mostrar una mejora, el Gobierno los presenta como una demostración de que su política funciona. El propio Ravier celebró en junio los resultados de las pruebas Aprender 2025 y destacó que los alumnos de sexto grado habían conseguido en Lengua “los mejores resultados de la última década”.
Pero ahora que PISA trae pésimas noticias, la explicación cambia: la culpa es de los anteriores.
Una curiosa vara para medir la educación: si el resultado es bueno, pertenece al presente; si es malo, pertenece al pasado.
Y todavía hubo algo más revelador. Ante la pregunta sobre mayores recursos para enfrentar semejante panorama, Ravier volvió al libreto económico del Gobierno: no emitir, no generar déficit y mantener el orden fiscal. Incluso planteó que analizar determinadas partidas educativas en relación con el PBI puede llevar a conclusiones “inadecuadas” o “injustas”.
Traducido al lenguaje cotidiano: el Gobierno reconoce que la educación está mal, reconoce que redujo el gasto, pero no anuncia un cambio sustancial de rumbo frente a los resultados.
De hecho, fuentes oficiales indicaron que la Casa Rosada no prepara nuevas medidas específicas como respuesta inmediata a PISA y que la reforma educativa prevista tampoco será acelerada.
El equilibrio fiscal puede ser una herramienta necesaria. El problema aparece cuando termina convertido en respuesta automática para absolutamente todo. Porque un país puede ordenar sus cuentas, pero si al mismo tiempo deteriora la capacidad de sus chicos para leer, comprender un texto, resolver un problema matemático o desenvolverse científicamente, habrá que preguntarse qué clase de país “ordenado” está construyendo.
PISA puso números sobre la mesa. Y Ravier, quizás sin proponérselo, terminó poniendo en palabras una de las discusiones centrales del modelo libertario: cuando llega el momento de elegir dónde recortar, la educación también entra en la motosierra.