El dato es brutal: la nafta subió un 20% en apenas 25 días de marzo. No en un trimestre, no en un semestre. En menos de un mes. Y, sin embargo, desde la conducción de YPF se responde con comunicados edulcorados que hablan de “compromiso moral” y “ajustes transitorios”, como si la realidad no estuviera golpeando directo en el bolsillo.
Porque si ese aumento del 20% es “transitorio”, entonces la pregunta es inevitable: ¿cuántos “transitorios” más puede soportar la gente antes de que el combustible se vuelva directamente inaccesible?
El problema no es solo el incremento, sino el silencio. Un silencio que no es casual. Hace no mucho, un aumento de este calibre hubiera sido tapa de todos los medios, tema central en la política y motivo de presión pública. Hoy pasa casi como un dato más, diluido en la vorágine, como si se hubiera naturalizado que cargar nafta sea un lujo.
Y ahí es donde el discurso del CEO hace ruido. Porque hablar de que “en otros países subió más” es desconocer —o directamente ignorar— la realidad argentina: salarios destruidos, consumo en caída y una economía donde cada aumento pega en cadena. El combustible no es un bien más; es el insumo que empuja todo lo demás.
Cuando YPF aumenta, no solo sube la nafta: sube el transporte, suben los alimentos, sube la logística, sube absolutamente todo. Y pretender encapsularlo como un simple “costo de refinación” es, en el mejor de los casos, una simplificación irresponsable.
Pero lo más preocupante es la falta de discusión pública. Ese “ya no interesa” no es inocente: es el síntoma de una sociedad saturada, donde los aumentos dejan de indignar porque se vuelven constantes. Y cuando eso pasa, el terreno queda liberado para que decisiones que afectan a millones se tomen sin costo político ni mediático.
El 20% en 25 días no es un dato menor. Es una señal de alarma. Y el intento de minimizarlo con argumentos técnicos o comparaciones internacionales no hace más que profundizar la desconexión entre quienes fijan los precios y quienes tienen que pagarlos.