La confianza en el gobierno de Javier Milei volvió a caer con fuerza en julio y confirmó que el rebote registrado en junio no fue más que un paréntesis dentro de una tendencia de deterioro que ya domina prácticamente todo 2026. El Índice de Confianza en el Gobierno (ICG), elaborado por la Universidad Torcuato Di Tella, retrocedió un 6,5% respecto del mes anterior y se ubicó en apenas 1,94 puntos, uno de los niveles más bajos desde el inicio de la gestión libertaria.
El dato resulta especialmente preocupante porque no proviene de una encuesta electoral ni de un estudio de imagen coyuntural. El ICG es una serie histórica que se elabora desde 2001 bajo la misma metodología y es considerada una de las herramientas más confiables para medir el humor social respecto del desempeño de los distintos gobiernos. Su continuidad metodológica permite comparar administraciones y seguir la evolución de la confianza ciudadana sin el ruido propio de las campañas políticas.
Los números muestran un proceso de desgaste que ya no puede atribuirse a hechos aislados. En los primeros siete meses del año, junio fue el único mes con una mejora. Enero cayó 2,8%; febrero, 0,6%; marzo, 3,5%; abril sufrió un derrumbe del 12,1%; mayo volvió a retroceder 1,6%; junio registró un rebote de 3,9%; y julio volvió a desplomarse un 6,5%, borrando completamente aquella recuperación.
En apenas siete meses, la confianza en el Gobierno ya acumula una caída del 21,5%. El dato revela que el deterioro dejó de ser circunstancial para convertirse en una tendencia sostenida.
La situación también se refleja en el promedio acumulado de toda la gestión presidencial, que continúa perforando pisos mes tras mes. En abril el promedio descendió a 2,42 puntos; en mayo cayó a 2,41; en junio bajó a 2,40; y en julio volvió a marcar un nuevo mínimo de 2,37 puntos, el registro más bajo desde que Milei asumió la Presidencia.
Es decir, el desgaste mensual ya comenzó a afectar incluso el promedio histórico del mandato, un indicador mucho más difícil de modificar y que refleja una pérdida persistente de confianza.
El estudio también vuelve a mostrar una Argentina dividida. Mientras el interior del país mantiene los niveles más altos de confianza en el Gobierno, el Gran Buenos Aires continúa siendo el territorio donde la evaluación es claramente más negativa. La brecha supera los 0,45 puntos y permanece prácticamente inalterada desde hace varios meses, consolidando un mapa político que muestra un oficialismo cada vez más débil en las grandes áreas urbanas.
Los cambios dentro de los distintos segmentos sociales tampoco favorecen al Gobierno. Los hombres, que habían protagonizado una recuperación en junio, registraron en julio la mayor caída de todos los grupos, con un desplome del 11,3%. También volvieron a deteriorarse los niveles de confianza entre quienes fueron víctimas de delitos y entre los habitantes del Gran Buenos Aires, sectores que apenas un mes antes habían mostrado señales de recuperación.
Cuando se analizan los componentes del índice, el panorama tampoco ofrece buenas noticias para la administración libertaria. Cuatro de los cinco indicadores empeoraron respecto de junio. La mayor caída se produjo en la percepción sobre la eficiencia del Gobierno, que retrocedió un 15,4%. También disminuyeron las evaluaciones sobre la capacidad para gobernar, la preocupación por el interés general y la valoración global de la gestión. Solamente el indicador de honestidad permaneció prácticamente sin cambios.
El único sostén político que conserva el oficialismo aparece vinculado al futuro y no al presente. Entre quienes creen que la situación económica mejorará dentro de un año, el índice de confianza supera los cuatro puntos y alcanzó en julio los 4,15. En otras palabras, una parte importante del respaldo que aún conserva Javier Milei descansa más en la expectativa de que las cosas mejoren que en una evaluación positiva de su gestión actual.
Ese dato encierra, al mismo tiempo, la mayor fortaleza y la mayor debilidad del Gobierno. Mientras las expectativas económicas sigan vivas, Milei conservará un núcleo de apoyo. Pero si esa esperanza comienza a agotarse, el oficialismo podría perder el principal activo político que todavía lo diferencia del promedio general de confianza.
Después de más de un año y medio de gestión, la paciencia social parece empezar a mostrar límites. Los indicadores dejan de reflejar entusiasmo y comienzan a expresar desgaste. La promesa de un cambio profundo ya no alcanza por sí sola para sostener la confianza cuando los resultados percibidos por buena parte de la sociedad siguen sin aparecer. El Gobierno todavía conserva expectativas, pero cada mes pierde un poco más de confianza.