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Presti asumió con uniforme, pero la tropa sigue en la pobreza: otra postal del mileísmo en Defensa

La llegada del general Carlos Presti al Ministerio de Defensa, enfundado en uniforme y montado en el gesto simbólico más obvio del orden y la disciplina, dejó en claro cuál es la estética que busca Javier Milei: autoridad, rigidez y épica militar. Pero detrás de la foto —casi de folleto— hay una realidad que el presidente y su flamante ministro no pueden seguir esquivando: las Fuerzas Armadas están empobrecidas, desfinanciadas y con salarios que, en muchos casos, no superan la línea de pobreza.

Presti, antes de hablar de modernización, reequipamiento o de los nuevos alineamientos geopolíticos que Milei pretende imponer, debería mirar a su propio personal. Soldados, suboficiales y oficiales jóvenes que cobran sueldos indignos, que no alcanzan para llegar a fin de mes y que viven una paradoja vergonzante: defender un Estado que no es capaz de garantizarles condiciones mínimas de subsistencia.

Durante el primer tramo del gobierno de Milei, el ajuste se concentró en áreas civiles —salud, educación, ciencia, obra pública— pero también perforó, silenciosamente, las estructuras militares. Los aumentos salariales fueron absorbidos por una inflación persistente, y la promesa de “profesionalizar” las Fuerzas Armadas quedó reducida a discursos en redes sociales y puestas en escena.

Hoy, un gran número de efectivos depende de adicionales, viáticos o trabajos paralelos para completar ingresos que no alcanzan. En muchas unidades del país, los propios mandos admiten que la moral está baja y que las condiciones materiales se degradan. Mientras tanto, la conducción política celebra fotos, anuncios y gestos grandilocuentes.

La asunción de Presti con uniforme no es solo un detalle estético: es un mensaje hacia adentro y hacia afuera. Pero los problemas centrales no se solucionan con símbolos. Y menos aún cuando el mensaje se superpone con un silenciamiento deliberado: no hay una sola palabra oficial sobre cómo el Gobierno planea recomponer salarios, mejorar hábitats, actualizar equipamiento básico o responder al hartazgo de miles de integrantes de las fuerzas.

El ministro podrá hablar de estrategia, de defensa nacional y de alianzas internacionales. Pero mientras las tropas sigan cobrando sueldos por debajo de la pobreza, cualquier discurso será apenas eso: una puesta en escena que intenta disimular lo evidente. Milei prometió orden. Debería empezar, justamente, por ordenar su propio ministerio.

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