La discusión por el salario mínimo volvió a exponer, una vez más, el abismo entre el discurso de recuperación económica que vende el Gobierno y la realidad que enfrentan millones de trabajadores. En la última mesa, los empresarios se despacharon con una “oferta” que sólo puede interpretarse como una provocación: 4.000 pesos de aumento. Ni un punto porcentual relevante, ni un intento de recomponer ingresos pulverizados por la inflación, ni siquiera un gesto político. Apenas cuatro mil pesos, una cifra insultante frente al derrumbe del poder adquisitivo y a la suba constante de los precios esenciales.
La escena lo dice todo: mientras el oficialismo celebra un repunte que no aparece en ningún indicador serio, los representantes del sector privado entregan un monto que no alcanza ni para una semana de transporte y comida. En un país donde la canasta básica supera holgadamente los niveles históricos y donde el salario mínimo perdió más de la mitad de su valor real en apenas años, presentar un ajuste de esta magnitud es reconocer, sin decirlo, que la prioridad no son los trabajadores, sino sostener márgenes y alinearse al clima anti-laboral que impulsa la administración Milei.

El Gobierno observa en silencio y avala con su inacción. Lejos de exigir un piso digno o de plantear una recomposición acorde a la emergencia social, se limita a dejar que el mercado “ordenado” por sus propias políticas ajuste hacia abajo los ingresos de los sectores más vulnerables. Así, el salario mínimo se convierte en una herramienta simbólica: se actualiza para cumplir formalidades, pero nunca para garantizar derechos.
El resultado es evidente: un país donde el empleo informal crece, donde el salario registrado se desploma y donde los trabajadores pobres ya no son una excepción sino la norma. La oferta empresarial de 4.000 pesos no es un error de cálculo ni un malentendido. Es una declaración política. Y es también la muestra de que, en la Argentina actual, los que viven de su sueldo están abandonados a su suerte, mientras el Gobierno mira para otro lado y profundiza un modelo que naturaliza la miseria como si fuera inevitable.