Anoche, la ciudad de Córdoba se vio envuelta en un espectáculo tan imponente como devastador. Lo que comenzó como un día cálido y tranquilo terminó convirtiéndose en una noche de caos, cuando una tormenta feroz se desató sobre la capital y dejó su huella imborrable en calles, hogares y en la memoria de quienes la vivieron.
Cerca de las 20:00, el cielo empezó a dar las primeras señales. Las nubes, densas y oscuras, se agruparon con una rapidez inquietante, mientras ráfagas de viento fresco barrían las calles, levantando hojas y polvo. Los cordobeses, acostumbrados a los vaivenes del clima, comenzaron a cerrar ventanas y a resguardarse, pero pocos imaginaban la magnitud de lo que estaba por venir. Minutos después, el rugido de los truenos irrumpió en la quietud, acompañado por relámpagos que iluminaban el horizonte como si el cielo se hubiera partido en dos.
La lluvia no tardó en llegar. Primero, tímidas gotas que repiqueteaban en los techos; luego, un diluvio implacable que transformó avenidas en ríos y patios en lagunas. En barrios como Güemes, Nueva Córdoba y Alberdi, el agua se acumuló con una velocidad asombrosa, desbordando bocas de tormenta y colapsando el sistema de drenaje. Los autos, atrapados en el torrente, quedaron a merced de la corriente, mientras algunos vecinos intentaban, en vano, salvar pertenencias de la inundación que avanzaba sin piedad.
Pero no fue solo el agua la protagonista de la noche. El viento, con ráfagas que según los reportes superaron los 80 km/h, arrancó árboles de raíz y derribó postes de luz, dejando a miles de hogares a oscuras. En el centro, el sonido de las sirenas de los bomberos y la policía se mezclaba con el estruendo de ramas cayendo y chapas volando. En las redes sociales, los videos no tardaron en circular: un árbol desplomado sobre un auto en barrio General Paz, una calle convertida en cascada en Cerro de las Rosas, y el río Suquía rugiendo al borde de la costanera, amenazando con desbordarse.
A medida que la tormenta avanzaba, la ciudad parecía rendirse ante su fuerza. En algunos puntos, como el puente Antártida, los automovilistas quedaron varados, formando largas filas entre el agua y la incertidumbre. Los relatos de los vecinos coincidían en un mismo asombro: «Nunca vi algo así», repetían, mientras compartían imágenes de granizo del tamaño de nueces que había golpeado techos y parabrisas.
Hacia la medianoche, la furia comenzó a ceder. La lluvia se transformó en un murmullo constante, y el viento, agotado, dio paso a una calma tensa. A la luz de las linternas y los celulares, los cordobeses empezaron a evaluar los daños: ramas esparcidas como restos de una batalla, cables colgando peligrosamente, y el barro cubriendo lo que horas antes había sido un domingo apacible.
Hoy, 31 de marzo, mientras el sol asoma tímidamente entre las nubes, la ciudad despierta con un aire de resignación y asombro. Las autoridades ya trabajan en restablecer la energía y despejar las calles, pero la tormenta de anoche quedará como un recordatorio de la fuerza impredecible de la naturaleza. En Córdoba, esta vez, el cielo no solo habló: gritó, y todos lo escuchamos.
