Por Romualdo de la Hoya

El clima político dentro de la oficina del jefe del Regimiento 29 de Formosa ardía más que los 36° que marcaba la intemperie aquella tarde de principios de octubre. Allí, en medio de un acto cargado de simbolismo por el 50° aniversario del copamiento de Montoneros al batallón del Ejército —fecha que Gildo Insfrán convirtió en el “Día del Héroe Formoseño” en homenaje a los conscriptos muertos—, estalló uno de los episodios más tensos que marcarían para siempre la relación entre Victoria Villarruel y Carlos Presti.

Villarruel, que asistía cada año al homenaje, se disponía a hablar cuando se encontró con un impedimento inesperado. Antes de subir al estrado, advirtió con firmeza: “Yo voy a hablar igual, aunque sea a los gritos. Vengo a este homenaje hace muchos años”. Lo que siguió fue un cruce público, seco y directo, que dejó mudos a los presentes. Frente a la vista de Insfrán y de la plana militar, la vicepresidenta exigió al jefe del regimiento que revelara la autoría de la orden de bloquear su discurso.

La respuesta no vino del uniformado, sino del propio Teniente General Carlos Presti —entonces jefe del Estado Mayor Conjunto—, quien transmitió que era una instrucción del Presidente. Una frase que, en la práctica, muchos interpretaron como una imposición surgida del círculo de mayor influencia: el de Karina Milei. La tensión escaló hasta volverse un duelo verbal sin precedentes. “Usted es un subordinado mío, no me quiera dar órdenes. Retírese”, lo increpó Villarruel. Y desafió la prohibición: habló igual.

Aquel choque fue violento, según describieron testigos, y terminó cumpliendo la función de radiografía anticipada del poder real dentro del Gobierno. Aunque no logró hacer cumplir el mandato presidencial, Presti mostró algo que en Balcarce 50 vale más que cualquier victoria táctica: lealtad absoluta. Ese gesto le sumó millas, lo posicionó como el preferido del Presidente y allanó el terreno para su desembarco en Defensa, cargo que ocuparía apenas 50 días después.

Para Villarruel, en cambio, el episodio fue el preludio de lo que vendría si el Gobierno salía fortalecido electoralmente. Lo confirmó tiempo después, cuando Patricia Bullrich le exigió una rendición total: entregar la caja del Senado y permitir un reemplazo en la presidencia provisional. Y, como en Formosa, Villarruel volvió a decir que no.

El ascenso de Presti no fue un hecho aislado, sino el resultado directo de aquella pulseada pública y del clima de tensión acumulado entre la vicepresidenta y el círculo de los Milei. Si algo dejó claro el episodio del Regimiento 29 es que, en el terreno donde se mide la obediencia política, Presti cumplió con la orden, no importaba el costo. Y ese acto, más que cualquier mérito técnico, terminó catapultándolo al centro del poder.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *