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Y los Super Étendard de Aguad y los F-16 de Petri: ¿por qué no vuelan? ¿Otra vez nos mintieron?

La historia se repite como una mala costumbre en el Ministerio de Defensa: anuncios grandilocuentes, fotos para la tribuna, cifras millonarias en dólares y, al final del día, aviones que no vuelan. Primero fueron los Super Étendard comprados durante la gestión de Oscar Aguad. Ahora son los F-16 impulsados por Luis Petri. Cambian los nombres, pero el resultado parece el mismo: promesas que se evaporan en la pista.

En 2018, bajo el gobierno de Mauricio Macri, se anunció con bombos y platillos la compra de cinco Dassault-Breguet Super Étendard a Francia. Se habló de recuperación de capacidades estratégicas, de volver a tener aviación naval operativa, de soberanía. Pero los aviones llegaron sin asientos eyectables operativos por restricciones internacionales y quedaron varados en tierra. Se pagaron millones para exhibirlos en hangares, no para que despegaran. Una metáfora perfecta de la improvisación.

Hoy el libreto parece calcado. El Gobierno presentó la adquisición de los General Dynamics F-16 Fighting Falcon provenientes de Dinamarca como un hito histórico. Se habló de modernización, de salto tecnológico, de integración con Occidente. Las fotos con bandera estadounidense de fondo, las declaraciones altisonantes, el relato épico. Pero la pregunta es simple y brutal: ¿cuándo van a volar en serio en la Argentina? ¿Cuánto costará ponerlos operativos? ¿Está garantizado el presupuesto para su mantenimiento, repuestos, entrenamiento y armamento?

Porque comprar aviones es apenas el primer paso. Lo verdaderamente caro es sostenerlos en el aire. Y la experiencia reciente no invita al optimismo. La Fuerza Aérea lleva años con capacidades degradadas, con pilotos que suman menos horas de vuelo que las recomendadas y con una infraestructura que necesita inversiones urgentes. Sin un plan integral, el riesgo es que los F-16 se conviertan en otro símbolo vacío.

La política de defensa no puede ser marketing. No puede depender de la necesidad coyuntural de mostrar una foto fuerte o de alinearse geopolíticamente. Requiere planificación a veinte o treinta años, acuerdos amplios y, sobre todo, transparencia. ¿Cuánto se pagó realmente? ¿En qué condiciones llegan las aeronaves? ¿Qué compromisos financieros asumió el país en dólares? En un contexto donde cada peso argentino cuenta y donde se ajusta en áreas sensibles, la sociedad tiene derecho a saber.

Lo más grave no es solo el gasto, sino la repetición del patrón: anuncios rimbombantes, expectativas infladas y resultados inciertos. Con los Super Étendard se prometió recuperar una capacidad estratégica y terminaron convertidos en piezas de museo. Con los F-16 se promete un renacer de la aviación de combate. Pero hasta que no despeguen, hasta que no haya pilotos entrenados y sistemas plenamente operativos, todo es relato.

La defensa nacional es demasiado seria para transformarla en propaganda. Si los aviones no vuelan, no hay épica que alcance. Y entonces la pregunta vuelve, inevitable: ¿otra vez nos mintieron?

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