La casa no declarada de Manuel Adorni no es un “error administrativo”, ni un “olvido” menor: es un caso que golpea de lleno el corazón del discurso libertario y lo deja al borde del colapso por su propia inconsistencia.

El funcionario que se erigió como cara visible de la supuesta lucha contra la “casta” aparece ahora envuelto en un esquema de opacidad patrimonial que replica —con precisión quirúrgica— aquello que decía venir a erradicar. Una propiedad que no figura, fondos cuyo origen no se explica, y una negativa sistemática a dar respuestas. No hay épica ahí: hay encubrimiento político.

Por la casa no declarada la mujer de Adorni, Betina Angeletti paga la suma de 700 mil pesos de expensas al mes. Algo extraño con un sueldo declarado de 3.500.000 pesos.

La pregunta es tan simple como devastadora: ¿cómo se financia un funcionario público que no puede justificar sus bienes? Porque si no puede explicarlo, el problema deja de ser comunicacional y pasa a ser ético, político y eventualmente judicial.

Pero lo más grave no es solo lo que se conoce, sino lo que se intuye: si hay una propiedad sin declarar, ¿cuántas más hay fuera del radar? El silencio de Adorni no es prudencia: es admisión tácita de que cualquier explicación podría empeorar su situación.

La defensa de Lilia Lemoine no hizo más que agravar el cuadro. En lugar de exigir transparencia, eligió blindar políticamente a un funcionario cuestionado, repitiendo el libreto de la vieja política que el propio oficialismo dice combatir. La lógica es conocida: negar, minimizar, desviar. La diferencia es que ahora lo hacen desde el poder.

El mutismo de Javier tMilei es todavía más elocuente. El presidente que construyó su liderazgo denunciando privilegios ajenos hoy calla frente a un caso que compromete directamente a uno de sus hombres de máxima confianza. No hay tuits incendiarios, no hay cadenas nacionales, no hay “casta” a la que apuntar. Solo silencio. Y el silencio, en política, también es una toma de posición.

Puertas adentro, el malestar crece. Karina Milei —la arquitecta del poder real del gobierno— no oculta su enojo. No por la posible irregularidad en sí, sino por el daño político que genera: un escándalo que perfora el relato oficial en su punto más sensible, la supuesta superioridad moral frente al resto del sistema.

Este no es un episodio aislado. Es un síntoma. La evidencia de que el discurso anticasta puede desmoronarse cuando se lo confronta con prácticas concretas de quienes lo enarbolan. Y en ese sentido, el caso Adorni es más que un problema personal: es un problema estructural para el gobierno.

Porque cuando un funcionario no puede explicar su patrimonio, no alcanza con voceros ni con defensas cerradas. Hace falta una decisión política.

Y esa decisión es una sola: dar un paso al costado.

No por presión mediática. No por oportunismo opositor. Sino por algo más básico: porque ningún gobierno que se diga distinto puede sostener a un funcionario que no puede explicar de dónde salió su patrimonio.

Si el discurso libertario quiere sobrevivir a su propia contradicción, necesita demostrar que no es solo una consigna. Y eso empieza —inevitablemente— por cortar por lo sano.

Todo lo demás ya es complicidad.

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