Como una postal repetida de una época donde el Estado argentino era tierra fértil para negociados familiares, volvió la corrupción de los 90, esta vez de la mano de los Menem. La historia se repite, solo que ahora no se trata de privatizaciones ni valijas voladoras, sino de contratos opacos disfrazados de gestión.
En las últimas horas se conoció que el Banco Nación contrató los servicios de una empresa que pertenece a Eduardo Menem (h), hermano del actual vicepresidente de la entidad bancaria, Martín Menem. El dato no solo incomoda por su evidente conflicto de intereses, sino porque remite de forma directa a las viejas prácticas que marcaron a fuego los años del menemismo: negocios entre hermanos, amigos y familiares amparados en cargos públicos.

Según trascendió, la firma beneficiada tiene vínculos directos con el entorno de Martín Menem y habría sido seleccionada sin licitación pública, bajo la figura de contratación directa. Aunque desde el Banco Nación intentan minimizar el hecho —alegando que «se cumplió con los procesos internos»—, lo cierto es que el escándalo es inevitable: se trata de un funcionario público beneficiando económicamente a un familiar directo.
La situación es aún más grave si se considera que Martín Menem, además de ocupar un cargo clave en una de las principales entidades financieras del país, es una de las caras visibles del supuesto “cambio de época” que pregona el oficialismo. El mismo que prometió “terminar con la casta” y acabar con la vieja política. Pero los hechos muestran otra cosa: la vieja política está más viva que nunca, solo que ahora lleva campera de cuero y repite frases libertarias.

El caso genera un eco inquietante con los 90. Aquella década marcada por la impunidad, las privatizaciones amañadas y las redes de poder cruzadas por la sangre. Carlos Menem fue el ícono de esa Argentina de opulencia y corrupción. Hoy, con los Menem nuevamente en escena, parece que el ciclo vuelve a empezar.
El presidente Javier Milei prometió barrer con todos los privilegios. ¿Qué hará ahora con los suyos? ¿O será que cuando los beneficiados son aliados, los principios pueden esperar?
La contratación del hermano del vicepresidente del Nación no es un hecho aislado, sino una muestra más de que el poder —cuando no se controla ni se transparenta— vuelve una y otra vez a sus peores hábitos. Y en esta historia, los protagonistas tienen apellidos conocidos
