A 20 años del sangriento motín de la Penitenciaria de Barrio San Martín en Jornada Política TV hablamos en exclusivo con quien fuera en ese entonces el jefe de los negociadores de la Policía.
Claudio Vigntes en aquella época ostentaba la jerarquía de Comisario e integraba el equipo de negociadores que la fuerza tenía para cualquier tipo de incidente, desde tomas de rehenes hasta suicidas, un equipo de élite que había funcionado a la perfección.
Por lo general no usaban armas y su uniforme variaba de los policías de calle porque era con pantalones tipo cargo marrones y chomba a tono.
El día de la revuelta junto con el ÉTER, llegó este grupo y fueron los únicos, junto al Padre Olivo quienes podían traspasar las dos rejas que dividían la reclusión de la libertad.
Vignetta llegó a ser Comisario General e integró la Plana Mayor de la Policía, y en la actualidad es el secretario de seguridad de la Municipalidad de Córdoba.
El protagonista comentó que luego del motín fue convocado por varios países del mundo para que de su visión y cuente su experiencia en la resolución del mismo, situación que generó que policías de otros lugares realicen cursos de manejo de crisis en manos de los efectivos cordobeses.
“El día que yo llegué del motín el móvil mío tenía 5 impactos de 9 mm y mi familia la vio, y son pruebas que te llevan a trabajar en serio, a ocuparse de la seguridad en serio”, dijo Claudio Vignetta.
Asimismo, recordó que hubo muchas cosas que se vieron y otras que no se vieron.
“Empezamos a las 3 de la tarde de ese día y nos retiramos a las 20 de dos días después, tuvimos a que hacer cosas que no van en el manual para ganar confianza con los presos, y en uno de los momentos entré a la cárcel y fui a buscar a los que estaban como rehenes y era entrar a un mundo diferente, era entrar a una cárcel totalmente diferente, era una situación extrema”, dijo.
A su vez explicó que son situaciones que una vez terminadas hacen reflexionar sobre la experiencia ganada.
“No te das cuenta hasta que lo vivis, tiene dos cosas la visibilidad y la experiencia, ahí usas otro lenguaje, el corporal, no el verbal, y eso es lo que vale”, puntualizó.
El motín de la cárcel de Barrio San Martín fue el más sangriento de toda la historia carcelaria local y dejó como saldo 11 muertos, 8 reos y 3 policías.
Al día de hoy aún no se sabe si algún preso alcanzó a fugarse del penal.
En primera persona
Dos integrantes de Jornada Política cuentan en primera persona las 36 horas de terror.
Ignacio Cadario: Yo trabajaba en LV2, en Café con Galleta, con Jorge Kelly, creo que fui el que llegó primero porque en ese momento la radio ponía mensajes de oyentes y al frente de la cárcel había un almacén que hacía de aguantadero a las familias antes de entrar a ver a sus familiares, ahí comparaban todo para llevar, desde jabón hasta comida. La dueña creo que se llamaba “la gringa”, preparaba todo, creo que el marido estaba adentro y conocía bien todo. Una vez que llegué fui al almacén porque de ahí había salido el primer llamado a la radio, y la puse al aire, contó más o menos lo que pasaba y me dio un teléfono y comuniqué parlante con parlante a uno de los presos con el Galleta.

Se escuchaba muy poco pero decían que querían tener mejores condiciones, ampliar las visitas y sobre todo el hacinamiento, luego se cortó. Era un celular de esos grandotes que no tenían manos libres, hoy sería distinto porque las comunicaciones llegan mejor.
Eso serían las tres de la tarde, llegué antes que los grupos especiales de la policía y eso me dio la chance de quedarme adentro del primer cordón, también estaba Andrés Carpio y Chelito Meloni.
Me acuerdo que nos movíamos cuerpo a tierra abajo de la pared blanca que había, íbamos de punta a punta, de un lado estaba el vivero y del otro la entrada de los camiones y en el medio el pórtico que dividía la calle del primer ingreso. Ahí había una sala donde requisaban a los familiares y les pedían los datos, en esa sala no había nadie y las balas pegaban en las ventanas, y nosotros abajo de las ventanas. A medida que pasaban las horas la situación se iba descontrolando más. Algo que me llamó la atención fue estando tirado en ese saloncito una fila de ratas que salía de la cárcel y un policía que disparaba al lado mío diciendo que “ni las ratas se querían quedar adentro”. Luego más tiros, más policía, rehenes que eran liberados y salían por la puerta junto a los empleados civiles del lugar, ráfagas de ametralladoras para todos lados, todo muy confuso y caótico. Después los cometarios, lo que la gente opinaba, los que se estaban escapando, la droga, las violaciones, el guardia que lo bañaron en salsa de pizza y lo amagaban con meter al horno, el que colgaba en calzoncillos desde una tapia y era apuntado con una faca, los presos armados hasta los dientes, y la situación totalmente fuera de control. Ahí es cuando ves el oficio de movilero, el que está en la calle, al que no le da miedo nada. Hoy me cago de risa, pero en ese momento hasta lloré del miedo. Hoy me río también de los que dejaron la conducción del noticiero y se fueron a hacer los héroes y al primer disparo los tuvieron que sacar, creían que pararse a hablar pavadas iba a solucionar el conflicto. Habían llevado luces, y en esos casos es mejor la oscuridad, la luz sirve para que te vean, para que te disparen, gente que no tomaba conciencia de que un periodista muerto era un botín para los de adentro.

La tarea del movilero de radio es cruel, porque lo que decís no se muestra, se lo lleva el viento, la tele es distinto. Me acuerdo que la imagen que tomó Karina Ortiz de canal ocho y su equipo fue la que recorrió el mundo, era el camión con el guardiacárcel atado al paragolpes prácticamente para poder escaparse. Una vez entrada a la noche ya se había cortado la luz del penal, el agua, el gas; no se veía nada, solamente salía humo y desde afuera alcanzamos a distinguir las sombras moviéndose entre el fuego a través de las ventanas, fue una situación dramática. La Policia tenía que lidiar con los presos adentro y con los familiares afuera, hasta que llegó la gendarmería y ahí se tornó más tranquila la cosa en las afueras de la cárcel, no así adentro. A medida que iban pasando las horas la desesperación era más grande y la gente menos sabía de lo que pasaba en el interior del penal. Fue una situación verdaderamente dramática por donde se la mire.
En un momento, volviendo a la tarde, el Pato Rodriguez, el jefe de la Policía nos dice a Chelo Meloni, Andres Carpio, Ariel Mansilla, y a mí que entremos a la cárcel. Nos miramos y aceptamos, estaba Gustavo Vildal Lazcano como Fiscal Federal y nos convenció de hacerlo, y nos llevaron en fila india adentro. Ya estaba negociado eso, de que no disparen hasta la segunda reja, ibamos como garantía de negociación. Yo iba con dos atados de cigarrillos y se los tuve que dejar enteros a los presos con encendedor y todo, y uno me pedía el celular, y le expliqué que no se lo podía dejar porque si no no iba a servir para lo que yo estaba haciendo, ahí nos ponen al aire prácticamente en simultáneo como si fuera una cadena nacional y empezamos a relatar todo lo que los presos querían. Había una distancia prudencial, no nos dejaban acercarnos demasiado pero estábamos a 2 metros de los presos reja de por medio pero con el control de ellos. Era como una conversación a los gritos y todas las radios metiéndose una con otra. Era profesionalmente muy bueno, emocionalmente una porquería porque yo estaba que me moría de miedo. Y encima los otros periodistas afuera rezongando de que ellos no entraban. Lo haciamos las tres radios que había en ese momento: LV2, LV3, Universidad y Canal 10 que siempre trabajó en vivo, los otros canales esperaban órdenes de Buenos Aires y lo hicieron después cuando vieron el tenor de la gravedad del asunto.

La negociación no prospero, habrá durado 20 minutos y empezaron disparos de nuevo, muy cerca de donde estábamos nosotros y empezamos a correr hasta que llegamos al cuartito que les había nombrado antes y ahí nos refugiamos. Ariel se tiró abajo de un camión del ETER junto con Chelo, una compañera de él le gritaba que tenga cuidado porque se casaba a la semana, sin Chelo no había casorio, y yo traté de de resguardarme lo que más pude, las balas pegaban en la pared y yo del otro lado. Es el día de hoy que no se si una me rozo una bala o me pegue con un caño oxidado, se que me pusieron la antitetánica en el hospital pediátrico.
Puedo decir que fui parte de la negociación. Me preguntas hoy si lo vuelvo a hacer te digo contundentemente que no, no lo haría de nuevo, tuve dos años de tratamiento psiquiátrico. Soñaba de noche que los presos me iban a buscar. Dos o tres años después entré al penal a una presentación de unos cursos y un preso me dice: ¿Cómo anda Gringo, que tenías en el motín no?, se me aflojaron las piernas y pedí salir, y salí, nunca me imaginé que me iban a reconocer. Fue dramático por donde lo mires. Como experiencia profesional fue muy buena y valoro la actividad periodística, hoy no sé si las nuevas generaciones están preparadas para una cobertura con ese tenor y con tanto riesgo, y hoy te cuidan más, te sacan y no podes llegar ni a 100 metros del lugar, no había protocolos. Con la tecnología sería más fácil, antes era teléfono, handie y grabador de casette.

Era un solo sonar de disparos y de noche se veía como en la guerra la luz de la bala, la luz de las ráfagas de ametralladores. Cuando se hizo de día ahí la situación se calmó un poco ya que los presos estaban ya estaban pasados de vuelta, pasados de rosca, pasados de todo lo que habían encontrado en la farmacia entonces no habían dormido y con el correr de las horas creo que a las 10 de la mañana u 11 entró el Padre Olivo y se recuperó la tranquilidad, no el penal porque el pena se recuperó 3 días después.
No pude asistir al juicio. Hoy te da un poco de bronca, todos los periodistas son protagonistas, muchos escribieron libros y no pasaron ni por la puerta del penal, un solo libro vale la pena y es el de Adolfo Ruiz: Rebelión.

