En la cena de la Fundación Libertad Annual Dinner, el presidente Javier Milei volvió a pararse en un púlpito moral para condenar el endeudamiento estatal. “Es inmoral”, dijo, porque lo terminan pagando otros. La frase, contundente, busca instalar una superioridad ética frente a gobiernos anteriores. Pero choca de frente con una pregunta incómoda: ¿no sabe —o prefiere omitir— que desde que asumió la Argentina sumó alrededor de 41 mil millones de dólares en nueva deuda?
La contradicción es demasiado evidente como para pasarla por alto. Si tomar deuda es “inmoral” porque hipoteca el futuro, ¿cómo se explica que su propia gestión recurra a ese mismo mecanismo? ¿O acaso la deuda es inmoral solo cuando la toman otros?
El Gobierno podría argumentar que no toda deuda es igual. Que una cosa es financiar déficit descontrolado y otra muy distinta es reordenar pasivos, refinanciar vencimientos o reconstruir credibilidad. Es un argumento válido en términos técnicos. Pero Milei no habló en esos términos. Habló de moral. Y cuando se entra en ese terreno, las inconsistencias pesan más.
Porque el punto central no es solo cuánto se toma, sino para qué y bajo qué discurso. Si el oficialismo construye su identidad sobre la idea de que endeudarse está mal en sí mismo, entonces cada dólar adicional tensiona ese relato. Y más aún cuando se hace mientras se ajusta con dureza sobre salarios, jubilaciones y gasto público.
La discusión de fondo es otra: ¿puede un gobierno condenar el endeudamiento como principio mientras lo utiliza como herramienta? ¿Es una convicción o un recurso retórico para diferenciarse políticamente?
Milei eligió un lenguaje absoluto. Pero la realidad, como suele pasar, es bastante más incómoda que los slogans.
