El Senado de la Nación se convirtió en el epicentro de un terremoto político que sacudió los cimientos del gobierno de Javier Milei. Con una votación contundente, la Cámara Alta rechazó los pliegos de Ariel Lijo y Manuel García-Mansilla, los candidatos propuestos por el Ejecutivo para integrar la Corte Suprema de Justicia. El resultado no fue ajustado: 43 votos en contra y 27 a favor para Lijo, con una abstención; 51 rechazos y solo 20 apoyos para García-Mansilla. Por primera vez desde 1983, el Senado le dio la espalda a un presidente en un asunto de esta magnitud, marcando un precedente histórico y exponiendo la debilidad de un gobierno que, lejos de buscar consensos, apostó por la imposición.

La sesión, que comenzó a las 14 horas bajo la presidencia de Victoria Villarruel, tuvo un tono de alta tensión desde el arranque. El quórum, asegurado por el bloque kirchnerista con 34 senadores, se consolidó con el aporte de figuras clave de la UCR y el PRO, como Martín Lousteau, Pablo Blanco y Alfredo De Ángeli. Esta alianza opositora, poco habitual en tiempos recientes, reflejó un rechazo no solo a los nombres propuestos, sino a la estrategia del Ejecutivo de forzar las designaciones por decreto, sorteando el mandato constitucional que exige el acuerdo del Senado con dos tercios de los votos. Lousteau lo dejó claro en su intervención: “Si el Senado convalida esto, ya no habrá jueces, sino empleados del Poder Ejecutivo”. Una advertencia que resonó en el recinto y que puso en jaque la narrativa oficial.

El gobierno, encabezado por Milei y orquestado en las sombras por su asesor Santiago Caputo, había apostado todo a una jugada arriesgada. En febrero, ante la demora del Senado para tratar los pliegos enviados en mayo de 2024, el Presidente firmó el Decreto 137/2025, designando a Lijo y García-Mansilla “en comisión”. García-Mansilla juró como juez de la Corte, mientras que Lijo, atado a su juzgado federal, no pudo asumir. La maniobra, justificada por el Ejecutivo como una respuesta a la “inacción” legislativa, fue vista por la oposición como un atropello institucional. Y el Senado, con su voto, le puso un freno en seco.

Pero la derrota no solo fue numérica; fue simbólica. El gobierno, que se jacta de enfrentar a la “casta política”, quedó expuesto como un actor incapaz de tejer acuerdos en un sistema que, por diseño, requiere diálogo. La obstinación de Milei y Caputo, al negarse a retirar los pliegos pese a las advertencias de la UCR y el peronismo, chocó contra la realidad de un Congreso donde La Libertad Avanza es minoría. La respuesta oficial no se hizo esperar: un comunicado furibundo desde la Oficina del Presidente acusó al Senado de ser “el refugio de la casta” y una “máquina de impedir”, alegando que los legisladores priorizaron “sus causas judiciales” sobre el bien del país. Una reacción que, más allá de la retórica incendiaria, dejó en evidencia la impotencia de un Ejecutivo que subestimó a sus adversarios.

La crítica al gobierno no puede ser más clara: Milei llegó al poder prometiendo romper con las viejas prácticas, pero su gestión en este episodio revela un autoritarismo disfrazado de renovación. Designar jueces por decreto, ignorando el rol del Senado, no es un acto de audacia; es un ataque directo a la división de poderes, ese pilar que el propio Milei dice defender cuando le conviene. Su negativa a negociar, incluso cuando el radical Eduardo Vischi le ofreció una salida digna en una reunión en Casa Rosada días antes, demuestra que el Presidente prefiere el enfrentamiento al consenso, aún a costa de perder. Y perdió.

¿Qué sigue ahora? García-Mansilla, ya en la Corte, enfrenta un limbo jurídico: el rechazo del Senado no lo expulsa automáticamente, pero su legitimidad está en ruinas. Lijo, por su parte, queda fuera de juego, atrapado en su juzgado y sin chances de ascender. El gobierno insiste en que puede volver a intentarlo en diciembre, con un nuevo Congreso, pero el mensaje del Senado es inequívoco: sin acuerdo, no hay Corte a medida. Milei, que pasea por Estados Unidos mientras su estrategia se derrumba en Buenos Aires, tendrá que decidir si insiste en su cruzada solitaria o aprende, de una vez, que gobernar no es lo mismo que tuitear. Por ahora, el Senado le marcó la cancha, y el eco de esta derrota resonará por mucho tiempo.

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