El Gobierno anunció un cambio de fondo en el esquema cambiario que regirá desde 2026: las bandas del dólar dejarán de ajustarse de manera “administrada” y pasarán a moverse según la inflación que publique el INDEC. Al mismo tiempo, el Banco Central saldrá a comprar entre US$ 10.000 millones y US$ 17.000 millones para reforzar reservas. La explicación oficial habla de “previsibilidad” y “fortalecimiento del régimen monetario”. La lectura política y económica es otra: es una admisión implícita de fracaso en el control de la inflación.
Después de un año de ajuste brutal sobre salarios, jubilaciones, obra pública y transferencias a las provincias, el Gobierno se ve obligado a reconocer que el ancla cambiaria no funciona como prometía. El dólar contenido artificialmente, con bandas que crecían por debajo de los precios, empezó a mostrar su límite. La inflación no bajó al ritmo anunciado y el tipo de cambio quedó cada vez más atrasado en términos reales. Resultado: tensión permanente, expectativas desancladas y presión sobre los dólares paralelos.
El nuevo esquema no es una muestra de fortaleza, sino de defensa. Atar las bandas a la inflación es aceptar que el Gobierno ya no puede imponerle un sendero al dólar, y que ahora será el índice de precios —el mismo que no logra dominar— el que marque el paso. En otras palabras: el dólar se indexa porque la inflación se volvió inmanejable.

Tampoco el anuncio de compras de reservas es una señal de tranquilidad. Prometer entre US$ 10.000 y US$ 17.000 millones en un contexto de recesión profunda, consumo desplomado y economía funcionando al mínimo no despeja dudas: ¿de dónde saldrán esos dólares? ¿a qué costo? ¿con qué impacto sobre la actividad y el crédito? Sin un crecimiento real, las reservas no se acumulan por confianza sino por asfixia.
El Gobierno celebra que “se normaliza” la política monetaria, pero lo que hace es correr detrás de los hechos. Primero fue el ajuste, después el relato, ahora la corrección del esquema. El problema de fondo sigue intacto: una inflación que no cede porque no hay plan integral de desarrollo, solo licuación y endeudamiento como estrategia.
El giro del Banco Central no es una jugada audaz ni una mejora técnica. Es el reconocimiento tardío de que el modelo no logró su principal objetivo. Cuando el dólar empieza a moverse al ritmo de la inflación, ya no hay ancla que valga: hay fracaso, aunque lo presenten como reforma.
