Tras la dura derrota de La Libertad Avanza en la provincia de Buenos Aires, el presidente Javier Milei anunció la conformación de una “mesa política nacional” encabezada por él mismo. La decisión, presentada como un gesto de ordenamiento, fue rápidamente interpretada como una respuesta desesperada a la pérdida de respaldo popular y al creciente aislamiento del Gobierno.
La composición de la mesa deja poco margen para la sorpresa: Karina Milei, Manuel Adorni, Guillermo Francos, Patricia Bullrich, Santiago Caputo y Martín Menem serán los nombres encargados de sostener la estrategia política del oficialismo. Lejos de ampliar la base de sustentación, la medida profundiza la lógica del “círculo cerrado” que caracteriza a Milei desde su llegada a la Casa Rosada, con un esquema concentrado en familiares, voceros y dirigentes ultrafieles.
El contraste con lo que el Gobierno dice buscar resulta evidente. Mientras se habla de diálogo y de una supuesta apertura hacia los gobernadores, el armado político se reduce a un núcleo duro sin espacio para la diversidad ni para el debate interno. El oficialismo insiste en que la mesa será un canal para articular con las provincias, pero la falta de representación real y la debilidad legislativa —con apenas una minoría en el Congreso— hacen que el anuncio suene más a gesto forzado que a estrategia sólida.
Lo más llamativo es la ausencia de autocrítica. Milei no planteó cambios de gabinete ni un rediseño de su plan económico y político; apenas se limitó a reagrupar a los suyos en un esquema que parece más un búnker que un ámbito de construcción. La derrota en Buenos Aires fue un golpe que dejó en evidencia el cansancio social frente a la confrontación permanente y el déficit de gestión, pero el Presidente eligió responder con más centralización y blindaje.
Mientras tanto, en la oposición comienzan a aparecer espacios de articulación más amplios, como el peronismo y las provincias que impulsan mesas multisectoriales con foco en producción, trabajo y solidaridad. Esa diversidad contrasta con la apuesta oficialista a un modelo vertical y personalista, que corre el riesgo de profundizar el aislamiento y agravar las tensiones internas.
En definitiva, la mesa política de Milei parece menos una herramienta de conducción y más un mecanismo de supervivencia. Un intento de reforzar el control en medio de la crisis, que puede terminar confirmando la fragilidad de un Gobierno que, tras su primer gran revés electoral, se muestra sin capacidad de abrirse ni de repensarse.
