El gobierno de Javier Milei acaba de abrir otro frente de conflicto, esta vez en el corazón del servicio exterior argentino. El canciller Pablo Quirno reaccionó con una agresividad inédita contra el diplomático Héctor Torres, jubilado hace más de 15 años, por el simple hecho de compartir un artículo que expone una realidad incómoda: Europa está descartando sus F-16 y reemplazándolos por F-35, mientras la Argentina paga 300 millones de dólares por aviones usados que otros países venden por un euro.

La publicación de Torres, basada en documentos oficiales de Dinamarca, encendió la mecha: el país nórdico anunció un plan de gasto militar de 13.700 millones de dólares, que incluye la compra de 16 nuevos F-35, la inversión en patrullaje marítimo, defensa aérea y equipamiento ártico, y la baja definitiva de sus F-16. Una decisión que coincide con la tendencia de casi todo el continente. Y que revela el problema que el Gobierno quiere ocultar: Argentina está comprando material descartado.

Una compra cuestionada desde el primer día

La polémica por los F-16 ya venía cargada. En Rumania trascendió que Países Bajos vendió 32 aviones a 1 euro simbólico, mientras Argentina pagará cifras millonarias por modelos de la misma familia, con décadas de uso, desgaste estructural y una vida útil acotada.

A eso se suman las advertencias de especialistas y técnicos:

  • no hay hangares adecuados,
  • las pistas presentan daños estructurales,
  • no existe maquinaria moderna para mantenimiento,
  • ni recursos para sostener la operatividad mínima de una flota supersónica.

En ese contexto, Milei montó en Córdoba un show de autocelebración tipo Top Gun, del que incluso dejó afuera al gobernador Martín Llaryora para evitar compartir escena. Un espectáculo que buscó tapar lo esencial: no se compró capacidad militar, se compró marketing político.

La reacción furiosa del canciller

Molesto por la viralización de las críticas, el canciller Quirno decidió responder con una advertencia alarmante para la planta diplomática. Citó el tuit de Torres —que solo observaba que Dinamarca reemplaza F-16 por F-35— y lanzó un mensaje que en cualquier país serio sería considerado intimidatorio:

“Aún siendo pasivo, debería actuar según su posición. No usarla para describirse o renuncie a la misma.”

Es decir: un canciller instando a un ex funcionario a callarse la boca o renunciar a un cargo que ya no tiene.
Una amenaza disparatada que generó un cimbronazo interno.

“Torres está jubilado hace 15 años y lo amenazan por opinar. ¿Qué es esto? ¿Pensá como el Gobierno o callate? Nunca se vio algo así”, señaló un diplomático de carrera que miró la escena con estupor.

El retroceso de Torres y el mensaje que deja

La presión surtió efecto: Torres publicó luego un tuit moderado, casi de arrepentimiento, diciendo que su comentario fue “desafortunado” y que aceptaba la reprimenda del canciller. La situación dejó un mensaje inquietante dentro del Servicio Exterior: quien opine distinto, aunque esté retirado, puede ser públicamente disciplinado.

Una señal pésima para un cuerpo diplomático ya desmotivado, mal pago y carente de conducción profesional —mientras el Gobierno improvisa en política exterior al ritmo de la interna entre Milei, Karina y Caputo—.

La compra de F-16, cada vez más difícil de justificar

La referencia de Torres a la falta de objeciones de Reino Unido para vender los F-16 a la Argentina también levantó sospechas. Si Londres no puso reparos, es porque sabe que estos aviones no alteran en absoluto el equilibrio militar en el Atlántico Sur. En otras palabras: compramos aviones que ni siquiera incomodan a nuestra principal amenaza estratégica.

Y encima, a precio de avión nuevo.

Mientras tanto, Dinamarca invierte en:

  • 43 F-35,
  • 27.800 millones de coronas en defensa aérea,
  • 27.400 millones para capacidades árticas y patrullaje marítimo,
  • 44 vehículos de combate nuevos.

Argentina, en cambio, celebra una flota usada, de capacidad limitada y sin presupuesto para sostenerla.

Conclusión: un canciller al borde y un Gobierno que dispara contra el mensajero

Lo que sucedió con Torres no es un episodio aislado: es el reflejo de un Gobierno que no tolera críticas, que convierte cualquier pregunta técnica en un ataque político y que prefiere silenciar voces antes que asumir errores.

La compra de F-16 ya está envuelta en dudas técnicas, geopolíticas y económicas.
Ahora suma algo peor: un canciller que amenaza a diplomáticos retirados por opinar.

En lugar de dar explicaciones sobre por qué Argentina paga millones por aviones que Europa desecha, el Gobierno eligió perseguir a quien simplemente compartió esa información.

Una señal de debilidad, no de fortaleza. Y un síntoma preocupante de cómo se ejerce el poder en la Argentina actual.

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