El Gobierno presentó el nuevo esquema de bandas cambiarias como un avance hacia la normalización del mercado de cambios, pero en los hechos se trata de una devaluación administrada y un reconocimiento implícito del fracaso del ancla cambiaria que venía sosteniendo el ministro Luis Caputo.

Con este sistema, el dólar oficial queda habilitado a moverse dentro de un rango cada vez más amplio, con intervención del Banco Central solo cuando la cotización supera los límites fijados. Lejos de brindar previsibilidad, el esquema traslada la incertidumbre al mercado y deja abierta la puerta a una suba sostenida del tipo de cambio, especialmente en un contexto de inflación que sigue corriendo por delante.

El Gobierno admite, sin decirlo, que ya no puede sostener un dólar atrasado sin seguir perdiendo reservas. Las bandas funcionan como un “colchón político” para permitir que el tipo de cambio suba de manera gradual, evitando el costo político de una devaluación explícita, pero con el mismo impacto sobre precios, salarios y poder adquisitivo.

Además, la promesa oficial de que el Banco Central solo intervendrá en situaciones extremas despierta más dudas que certezas. Con reservas netas en niveles críticos y una economía en recesión, la capacidad real de sostener el techo de la banda es limitada. Si el mercado percibe debilidad, la presión cambiaria puede volverse inmediata.

Los dólares financieros y el blue ya reflejan esa desconfianza. La brecha cambiaria, lejos de cerrarse, amenaza con reconfigurarse, mientras empresas y ahorristas vuelven a cubrirse ante el temor de un nuevo salto del dólar.

Economistas críticos advierten que, sin un plan productivo, sin acumulación genuina de reservas y con un ajuste que recae sobre jubilados, trabajadores y provincias, las bandas cambiarias son apenas un parche. Un esquema transitorio que gana tiempo, pero no resuelve los desequilibrios de fondo.

En ese marco, el nuevo régimen cambiario confirma que el relato de estabilidad del Gobierno empieza a resquebrajarse. El dólar vuelve a ser el termómetro de un plan económico que, por ahora, se sostiene más en expectativas que en resultados concretos.

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