La Cámara de Diputados entró en una etapa donde ya no alcanza con contar bancas: ahora hay que contar lealtades. La reconfiguración acelerada de los bloques dejó un escenario que irrita a los viejos dueños de la rosca, entusiasma al oficialismo libertario y consolida al peronismo cordobés como el único actor que todavía sabe leer el clima político nacional sin entrar en crisis de identidad.
Mientras La Libertad Avanza celebra que quedó al borde de convertirse en la primera minoría real —con alrededor de 95 diputados propios y aliados—, la oposición tradicional se desangra por dentro. Unión por la Patria, que aún conserva unos 98 escaños, ya no consigue disimular la fractura: renuncias, pases silenciosos, provincias que rompen con la conducción kirchnerista, y un espíritu de supervivencia que reemplazó a la verticalidad que los sostuvo durante dos décadas.

La implosión del panperonismo abre la puerta a un nuevo protagonista: el bloque Provincias Unidas, con 22 bancas, una suerte de liga de mandatarios que entienden el Congreso como un campo de negociación federal y no como un club ideológico. Allí se juega buena parte del futuro de las reformas estructurales. Ni la Casa Rosada ni los restos del PJ nacional pueden avanzar sin ellos.
El resto de la oposición corre detrás:
- Un PRO reducido a 14 diputados, más cerca de un comité de jubilados del macrismo que de una fuerza moderna.
- Una UCR empeñada en demostrar que se puede ser irrelevante incluso con dos decenas de bancas.
- Y bloques menores —Innovación Federal, Coalición Cívica, izquierda, provincialismos— que ganaron protagonismo no por fortaleza propia, sino porque el sistema entró en modo “cada voto vale oro”.
En esta fragmentación hay algo que resalta: el peronismo cordobés, lejos de perder peso en el mar de pases y rupturas, se perfila como un articulador estratégico. No es casualidad: mientras en Buenos Aires discuten si Cristina recibe a tres o nueve economistas en su casa, Córdoba ordena su tropa, suma aliados y aparece como la única estructura peronista capaz de negociar con el oficialismo sin inmolarse ni quedar pintada.
La fractura del resto de la oposición facilita el avance del Gobierno. Milei lo sabe y por eso festeja cada diputado que abandona su bloque de origen para subirse al tren libertario. En un Congreso donde el quórum es una moneda extranjera, LLA avanza con un manual simple: sumar, integrar, sobrevivir. El PJ nacional, en cambio, parece más preocupado por contarse las costillas que por recuperar iniciativa.
En este tablero, nadie tiene el poder absoluto, pero algunos tienen más poder que otros. LLA marca la agenda; el PJ cordobés lee el clima y construye; Provincias Unidas define la llave del quórum; el kirchnerismo resiste como puede; y el resto espera no quedar aplastado por la marea.
El Congreso argentino, más que un ámbito de representación, se volvió un mercado de alianzas móviles, donde cada ley exige un pacto nuevo y donde nadie está seguro de quién será su aliado la semana que viene.
En esa incertidumbre, unos crecen, otros se diluyen y algunos —sin hacer ruido— acumulan poder. Y en todos los casos, Córdoba juega mucho mejor que Buenos Aires.
