El equipo económico sigue funcionando en modo bombero, apagando incendios que ellos mismos ayudan a provocar. Todavía no terminó de descomprimirse la tensión por los USD 4.300 millones que tuvieron que rasquetear para cubrir el vencimiento de la semana pasada, y ya aparece otro desafío mayúsculo: una licitación de más de $20 billones el próximo miércoles, otro capítulo de una crisis que se administra día a día, no con un programa económico sino con reflejos y parches.
Miércoles 14: otro salto al vacío
Ese día vencen $19,3 billones de dos Lecaps. Sí, billones. La mitad está en manos del propio Estado —un truco contable disfrazado de calma— pero la otra mitad depende enteramente del mercado. Y el mercado ya no compra espejitos de colores: ve tasas altísimas, inflación que acelera y un Tesoro que vive de refinanciarse como quien respira con un respirador prestado.
A esto se suma el remanente de la letra dólar linked D16E6. Originalmente vencían $6 billones, pero el Gobierno logró empujar $3,4 billones hacia fines de enero con un canje relámpago, otra maniobra de supervivencia financiera.
La operación se hizo con una resolución conjunta de Finanzas y Hacienda que amplía la LELINK D30E6 por hasta USD 4.000 millones, aprovechando el Presupuesto 2026 para permitir que se paguen títulos con títulos, sin importar la moneda. Esto ya no es ingeniería financiera: es alquimia.

¿Por qué sube el riesgo país aunque Caputo pagó? Porque pagar no alcanza
El mercado mira hacia adelante, y lo que ve es una pared de vencimientos que crece cada mes. Por eso, aun con el pago hecho, los bonos caen y el riesgo país sube: nadie ve un plan consistente, solo un Gobierno que patea la pelota desesperadamente, hipotecando el futuro para no caer hoy.
Mientras tanto, crece la demanda de bonos indexados por inflación. No porque sean atractivos, sino porque la inflación no cede al ritmo que el discurso oficial vendía. Los operadores recomiendan CER con rendimientos del 6% para 2026 y entre 7,5% y 8% para 2027/2028.
El “carry trade” que el Gobierno celebra como señal de confianza es, en realidad, una apuesta especulativa a que la inflación siga alta. Un sincericidio del mercado.
La trampa que el Gobierno mismo construyó
El calendario de deuda en pesos parece diseñado por un enemigo, pero no: lo armó el propio Gobierno. Mes tras mes, el Tesoro fue acumulando obligaciones cortas, indexadas y voluminosas. El resultado es un primer semestre irregular, un invierno algo más liviano y un segundo semestre que se vuelve a empinar hasta llegar a diciembre.
Y diciembre no es un pico: es una pared vertical, una acumulación explosiva de vencimientos que ni el discurso más optimista puede disimular.
Para llegar a ese mes sin crisis, el Gobierno necesita una lista de milagros: renovar todo sin fallas, sostener tasas prohibitivas, tolerar la indexación y convencer al mercado de que siga acompañando.
Un ruido —uno solo— convierte diciembre en un test de estrés que cualquier manual calificaría como insostenible.
La paradoja final es evidente: el Gobierno dice estar arreglando la bomba de tiempo de la deuda, pero cada mes fabrica una propia, más grande, más riesgosa y más cerca de estallar.
