Por Romualdo de la Hoya

El caso Jeffrey Epstein no es un expediente cerrado: es una herida abierta en el corazón del poder global. Un multimillonario acusado de liderar una red de explotación sexual de menores, protegido durante años por conexiones políticas, financieras y judiciales, muerto en una cárcel federal en circunstancias nunca aclaradas. No es teoría conspirativa: es historia reciente.

En ese lodazal aparece, una y otra vez, el nombre de Donald Trump. Fotos, vínculos sociales, declaraciones pasadas y testimonios lo ubican en el mismo ecosistema de privilegios que Epstein supo habitar. No hay condena judicial, es cierto. Pero en política moderna la absolución legal no equivale a inocencia simbólica. Y Trump carga con ese lastre.

Cada vez que el expediente Epstein vuelve a escena, Trump no responde con transparencia sino con silencio, negación y ataque. La misma lógica que dice combatir: la del poderoso que se considera por encima de las explicaciones.

Milei y la incoherencia peligrosa

¿Dónde entra Javier Milei en esta historia? No por hechos, sino por decisiones políticas. El Presidente argentino eligió alinearse de manera explícita, personal e ideológica con Trump. Lo reivindica, lo imita, lo presenta como faro moral y político. Esa elección no es gratuita.

Milei llegó al poder prometiendo dinamitar la “casta”, denunciar a los privilegiados y romper con las élites que se creen impunes. Pero el caso Epstein representa exactamente lo contrario: la casta real, la que no se vota, la que no da conferencias, la que opera en las sombras y nunca paga.

El problema no es Epstein en sí. El problema es mirar para otro lado frente a lo que simboliza.

El costo del silencio

Cuando Milei evita cualquier distancia crítica frente a Trump, también evita una pregunta incómoda:

¿cómo se combate a la casta si se elige como aliado a quienes forman parte del club más cerrado del poder global?

El silencio frente a Epstein no es neutral. Es una toma de posición. Y en un presidente que se presenta como moralmente superior al resto de la dirigencia, esa omisión se convierte en contradicción.

El riesgo político real

Milei no enfrenta un riesgo judicial. Enfrenta algo peor: un riesgo de credibilidad.

Porque no hay nada que destruya más rápido un liderazgo antisistema que quedar pegado —aunque sea por reflejo— a los símbolos más oscuros del sistema.

Epstein es el nombre que nadie quiere pronunciar, pero que todos recuerdan. Trump convive con ese fantasma. Milei, si insiste en caminar a su lado sin hacer preguntas, corre el riesgo de que ese fantasma cruce fronteras.

La verdadera casta no siempre está en el Congreso ni en los sindicatos. A veces viaja en jets privados, financia campañas y muere sin dar explicaciones.

Epstein fue eso. Trump todavía carga con esa sombra.

Y Milei, si no toma distancia, corre el riesgo de que su discurso termine siendo otra promesa rota.

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