El discurso de Javier Milei en el encuentro de AmCham Argentina dejó una definición que expone con claridad el núcleo del problema: frente a una inflación que volvió a subir al 3,4% en marzo, el Presidente no ofreció respuestas concretas, sino que volvió a pedir “paciencia”.

Lejos de asumir la gravedad del dato, Milei reconoció que la inflación “viene subiendo desde mediados del año pasado”, pero inmediatamente relativizó el impacto al asegurar que “para adelante va a bajar” e incluso “se va a derrumbar”. La contradicción es evidente: si el propio Gobierno admite una tendencia alcista, ¿en qué se basa la certeza de una caída inminente? No hubo precisiones técnicas ni un programa detallado que respalde esa afirmación.

Para justificar el repunte inflacionario, el Presidente apeló a una enumeración de factores aislados: estacionalidad por educación, suba del transporte, impacto de la carne, incluso referencias difusas a “la guerra”. Sin embargo, evitó integrar esos elementos en un diagnóstico coherente. La inflación en Argentina no responde a eventos sueltos, sino a una dinámica estructural que requiere algo más que explicaciones fragmentadas.

Uno de los puntos más débiles de su exposición fue la insistencia en la “demanda de dinero” como variable central. Milei aseguró que su recuperación permitirá bajar la inflación, pero no explicó por qué ese fenómeno se daría en un contexto de caída del poder adquisitivo, retracción del consumo y una economía que aún no muestra señales claras de reactivación. Sin ese sustento, la afirmación queda más cerca de una expresión de deseo que de un análisis económico sólido.

El llamado a la paciencia tampoco es menor. “Cuando uno se desespera toma decisiones incorrectas”, dijo el Presidente. Pero ese mensaje, repetido en medio de una aceleración de precios, traslada el peso de la situación a la sociedad sin ofrecer certezas sobre los plazos ni sobre los resultados. En otras palabras, se pide tiempo sin explicar con claridad qué se está esperando que ocurra.

Incluso su intento de diferenciarse de “la política tradicional” termina diluyéndose en la práctica. Aunque afirma no esquivar los malos datos, su abordaje de la inflación evita profundizar en las limitaciones de su propio programa. No hay autocrítica ni revisión de medidas: solo la reiteración de que el rumbo es correcto.

La intervención en AmCham deja así una sensación preocupante. Frente a uno de los problemas más urgentes de la economía argentina, el Gobierno responde con promesas de mejora futura, explicaciones parciales y apelaciones a la paciencia. En un contexto donde cada punto de inflación impacta directamente en el bolsillo, la falta de fundamentos concretos no solo debilita el discurso oficial: también erosiona su credibilidad.

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