Javier Milei, Diego Santilli y Santiago Caputo encaran una semana decisiva con el Presupuesto 2026 como prioridad excluyente, en medio de negociaciones que empiezan a mostrar el desgaste de un Gobierno que prometió dinamitar la “vieja política” pero que hoy depende cada vez más de ella para gobernar. Mientras en público se insiste con la épica del equilibrio fiscal y la austeridad como dogma, en privado se multiplican las reuniones, los llamados y las concesiones para intentar ordenar un Congreso donde el oficialismo sigue siendo minoría y necesita sumar voluntades que hace un año denunciaba como parte del “sistema”.
Santilli buscará reencauzar un diálogo frío con los gobernadores, después de semanas en las que los reclamos por fondos retenidos, atrasos en partidas y la incertidumbre sobre las obras públicas tensaron todas las relaciones. El ministro del Interior aparece ahora como una figura clave para cerrar acuerdos que le permitan al Gobierno avanzar con el Presupuesto y también con una batería de reformas que están en pausa. Paradójicamente, el hombre elegido para esta misión es un dirigente de larga trayectoria en el macrismo, integrante del universo político tradicional que Milei solía descalificar en campaña.
Santiago Caputo, el estratega de mayor influencia en la Casa Rosada, monitorea cada movimiento. Su rol, que hasta hace poco se desplegaba en las sombras, es cada vez más visible y se interpreta como un síntoma de que el Presidente sigue concentrando decisiones en su círculo de absoluta confianza. La tensión interna atraviesa incluso al propio Gabinete: lo que se discute puertas adentro no es solo cómo acordar, sino cuánto están dispuestos a ceder sin desdibujar el relato fundacional del gobierno libertario.

El Presidente, por su parte, insistirá en que no habrá desvíos del “ancla fiscal”, aun cuando los propios números muestran una economía debilitada, ingresos familiares estancados y presión social creciente. La pérdida de empresas y empleos en los últimos meses encendió alarmas incluso en sectores que respaldan al oficialismo. El desafío político es sostener el discurso de la motosierra mientras se negocian los puntos más sensibles del Presupuesto con los mismos gobernadores que hasta ayer eran presentados como enemigos del cambio.
La semana promete ser un test crucial: si el Gobierno logra encaminar el Presupuesto, podrá mostrar orden político y previsibilidad económica. Si vuelve a chocar con el mismo Congreso que critica, quedará expuesto el límite de una estrategia que necesita acuerdos pero sigue desconfiando de quienes deben aprobarlos. Milei, Santilli y Caputo navegarán ese equilibrio inestable, entre la exigencia de resultados y la incomodidad inevitable de tener que hacer política en un país donde la “casta”, por ahora, sigue mandando.
