Por Romualdo de la Hoya

Argentina es hoy el país más endeudado del mundo con el Fondo Monetario Internacional. La deuda vigente ronda entre 41 y 44 mil millones de dólares, una cifra que explica por sí sola el nivel de dependencia financiera en el que quedó atrapado el país. Ninguna otra nación concentra un volumen semejante de compromisos con el organismo. No se trata de un accidente ni de una fatalidad histórica: es el resultado directo de decisiones políticas concretas, tomadas por presidentes y ministros de Economía que recurrieron al endeudamiento externo como atajo, sin resolver jamás los problemas de fondo.

El núcleo del endeudamiento actual tiene nombre y apellido: Mauricio Macri. Durante su presidencia, entre 2015 y 2019, Argentina firmó en 2018 el préstamo más grande de la historia del FMI para un solo país. Fueron 57 mil millones de dólares, de los cuales se desembolsaron alrededor de 44 mil millones. El equipo económico estuvo encabezado primero por Alfonso Prat-Gay y luego por Nicolás Dujovne, pero una figura clave de ese proceso fue Luis Caputo, entonces ministro de Finanzas y luego presidente del Banco Central. Caputo fue uno de los arquitectos del endeudamiento acelerado y del regreso del país al Fondo.

El discurso oficial hablaba de confianza, estabilidad y lucha contra la inflación. La realidad fue otra: los dólares del FMI se evaporaron sosteniendo un tipo de cambio artificial, financiando la fuga de capitales y pagando deuda previa. No hubo crecimiento, no hubo inversión productiva y no hubo mejora estructural alguna. El resultado fue una economía más frágil, una inflación más alta y una deuda impagable que condicionó a los gobiernos siguientes.

El gobierno de Alberto Fernández, con Martín Guzmán como ministro de Economía, no tomó nueva deuda significativa con el FMI, pero consolidó el problema al renegociar el préstamo heredado. El acuerdo evitó un default inmediato, pero mantuvo intacto el volumen de la deuda y sumó nuevas condicionalidades. Se ganó tiempo, pero no se cambió la lógica. La economía siguió asfixiada por la falta de dólares y por metas que nunca lograron cumplirse de manera sostenida.

Desde 2023, la historia entra en una fase que roza lo cíclico. Javier Milei llegó al poder con un discurso furioso contra “la casta” y el endeudamiento, pero puso al frente del Ministerio de Economía al mismo Luis Caputo que había sido protagonista central del fracaso anterior. El mismo funcionario, el mismo FMI y el mismo argumento de emergencia. El nuevo programa en negociación, por unos 20 mil millones de dólares, no apunta a desarrollo ni a inversión, sino a pagar vencimientos con el propio Fondo, cancelar deuda interna y sostener un ajuste brutal. Es deuda para pagar deuda. Un círculo cerrado.

Caputo, que fue ministro de Macri y ahora vuelve como ministro de Milei, aparece así como un símbolo de la continuidad del modelo: endeudarse para llegar, endeudarse para sostenerse y endeudarse para no caer. Cambian los discursos, pero no las prácticas.

La relación de Argentina con el FMI es larga y conflictiva. Desde 1958 el país firmó más de 20 acuerdos, bajo gobiernos democráticos y dictaduras. Fernando de la Rúa recurrió al Fondo antes del estallido de 2001. Eduardo Duhalde negoció programas de emergencia tras el colapso. En casi todos los casos, el FMI apareció cuando la crisis ya estaba desatada y el margen de decisión era mínimo.

El destino de esos dólares se repite como un patrón: cubrir déficit fiscal, sostener corridas cambiarias, pagar importaciones urgentes y refinanciar pasivos. Nunca fueron la base de un proyecto de desarrollo. Nunca se tradujeron en infraestructura, industrialización o crecimiento sostenido. El endeudamiento no resolvió los problemas: los postergó y los agravó.

Argentina no es el país más endeudado con el FMI por mala suerte, sino por una dirigencia que, una y otra vez, eligió el endeudamiento externo como salida rápida y costosa. Presidentes y ministros de distintos signos políticos dejaron la misma herencia: más deuda, menos margen y una economía condicionada. El regreso de los mismos nombres a los mismos cargos no hace más que confirmar que, lejos de aprender de los fracasos, el país sigue girando en el mismo círculo vicioso.

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