Caputo reconoció finalmente lo que el propio Gobierno venía negando desde hace meses: el margen para seguir ajustando se agotó. Lo admite justo cuando la recaudación se derrumba, las provincias reclaman lo que les corresponde por ley y el campo exige un nuevo dólar soja. La meta fiscal del 2,2% del PBI pactada con el FMI, presentada por la Casa Rosada como un objetivo innegociable, empieza a desvanecerse incluso para el propio ministro.

La frase de Caputo buscando culpar a la falta de crecimiento —“la forma de conseguir mayor superávit ya no pasa por el ajuste fiscal”— expone la realidad que la gestión intenta maquillar: el Gobierno ya exprimió al máximo las partidas recortables y ahora depende de un rebote económico que no existe. Las cuentas públicas están tensionadas al límite y el superávit logrado hasta ahora se explica mayormente por un desplome histórico del gasto más que por una mejora estructural del ingreso.

En los primeros diez meses del año, el superávit primario fue del 1,4% del PBI, pero con el gasto público cayendo más del 32% interanual y sin casi margen para nuevos recortes. Lo poco que queda por tocar son los subsidios, mientras que más del 70% de las erogaciones corresponde a un sistema de seguridad social que actualiza por fórmula automática. Milei prometía motosierra, pero lo que queda de carne para cortar ya es mínimo: cualquier recorte adicional golpea derechos básicos o genera un conflicto político que la Rosada no está en condiciones de absorber.

Mientras tanto, los gobernadores se preparan para la próxima batalla. Reclaman casi un punto del PBI en fondos no girados durante los dos años de Gobierno, una deuda que la Nación deberá enfrentar en cuanto se apruebe el Presupuesto. Ya perdieron 0,87 puntos del PBI en recursos que les corresponden y no están dispuestos a esperar más. La Casa Rosada, que había logrado domar la interna con los mandatarios provinciales a fuerza de presión, se encamina a un nuevo choque.

El otro frente que acorrala al ministro es el agro. La rebaja de retenciones de uno o dos puntos fue apenas un gesto simbólico para tentar a los productores a liquidar algo de stock, pero no cambia la ecuación. La verdadera pelea será por la soja: los exportadores ya exigen reimplantar el dólar soja, una herramienta que este Gobierno criticó cuando la aplicaba Massa pero que usó durante 2024 y que podría volver a emplear pese a su costo fiscal estimado en 0,35% del PBI. En un presupuesto que ya no cierra, ese 0,35% es un lujo.

La recesión, además, devora cualquier intento de ordenar las cuentas. La recaudación cayó 8,7% real en noviembre y acumula cuatro meses de desplome. La actividad sigue estancada, sostenida artificialmente por la intermediación financiera y por retoques estadísticos del INDEC bajo la mano de Marco Lavagna. Sin consumo, sin ventas, sin crédito y sin salarios sosteniendo la demanda, la recaudación sólo puede seguir cayendo. Y si cae la recaudación, no hay meta fiscal que aguante.

El propio Caputo lo sabe y por eso avanza con un discurso que roza la fantasía: asegura que si la economía creciera 6% anual durante seis años, el Gobierno podría “devolverle al sector privado” 500.000 millones de dólares. Es una proyección que no resiste análisis en un país que no logra encadenar ni un trimestre firme de crecimiento desde 2011. Sus cuentas cierran sólo si el país crece como nunca creció en 40 años.

En este escenario, alcanzar un superávit de 2,2% del PBI en 2026 obligaría a recortar otro 0,9% del producto: el 69% de todo el superávit previsto para 2025. Con provincias al borde del quiebre, un campo que presiona para que aflojen, una actividad económica que no reacciona y una demanda social reprimida, la pretensión de la Casa Rosada roza lo imposible.

Caputo admite que no hay más ajuste, pero tampoco hay crecimiento. El equilibrio fiscal que Milei promete como prueba de su “revolución económica” se sostiene cada vez más de prepo y cada vez menos de realidad. Y mientras tanto, el Gobierno sigue vendiendo que el problema es la herencia, el gasto político o la falta de fe en el modelo. La verdad es más simple: el ajuste se quedó sin combustible y el relato se quedó sin tiempo.

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