El peronismo cordobés volvió a mostrar que, aun golpeado, conserva un instinto político que la oposición provincial no logra imitar ni de cerca. Mientras Juntos por el Cambio se deshace en peleas intestinas, egos cruzados y liderazgos evaporados, el PJ avanza con una frialdad quirúrgica para construir una mayoría ampliada en la Legislatura que le permita atravesar sin turbulencias la discusión del Presupuesto 2026.

El operativo de seducción hacia “aliados circunstanciales” —así lo llaman en privado— está en marcha desde hace semanas. Y lo cierto es que la estrategia empieza a rendir frutos: bloques pequeños, legisladores sueltos y referencias territoriales que hace meses renegaban del oficialismo hoy se muestran mucho más permeables. No por amor, claro, sino porque ven en Hacemos Unidos por Córdoba la única estructura política capaz de garantizar gobernabilidad en un escenario nacional que se descompone día a día.

El PJ cordobés, con décadas de oficio acumulado, entendió antes que nadie que la Argentina de Milei dejó a los gobernadores librados a su suerte. Y en ese contexto, se movió rápido para blindar su poder interno mientras la oposición se hunde en peleas adolescentes que ni siquiera logran disimular.
La interna radical sigue siendo una guerra civil sin final imaginable: el juecismo golpea a De Loredo, De Loredo devuelve fuego, y en el medio Bornoroni hace equilibrio sobre un aliado imaginario que nadie termina de reconocer como tal. Juntos por el Cambio ya no existe como coalición ordenada: es apenas un archipiélago de enojos.

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