Mientras la economía real se desangra y el frente judicial del oficialismo se multiplica, La Libertad Avanza reunió a su mesa chica para definir la fecha en que enviará al Congreso las reformas laboral e impositiva. Una coreografía de poder que intenta simular control, cuando lo que abunda es desconcierto, aislamiento y un clima político cada vez más denso.
Sin Milei en la sala —un detalle que ya no sorprende ni dentro de su propio espacio— los responsables parlamentarios repasaron una estrategia que parece consistir más en resistir que en gobernar. Con gobernadores cada vez más escépticos, una economía en caída libre y un oficialismo que pelea contra sus propias torpezas, la Casa Rosada empuja reformas de altísimo impacto sin construir un centímetro de consenso real.

El panorama es claro:
La reforma laboral es rechazada incluso por aliados circunstanciales, que ven en el borrador oficial un retroceso de décadas en derechos básicos. Del lado impositivo, la presión es aún mayor: los mandatarios provinciales ya dejaron en claro que no avalarán ningún esquema que los deje sin recursos en un contexto recesivo que golpea la recaudación y destruye empleo.
A esto se suma un clima político intoxicado: las causas Libra y ANDIS erosionan el corazón del poder libertario, abren frentes internos y generan un desgaste que ya no se puede disimular. El oficialismo intenta avanzar como si nada ocurriera, pero el Congreso tomó nota: hay desconfianza, hay fatiga y hay un límite que el Ejecutivo ya empezó a pisar.
Milei insiste en que su programa es innegociable. Pero mientras tanto, la inflación no cede al ritmo prometido, el salario real perfora nuevos pisos, las prepagas pierden afiliados, el empleo privado cae por sexto mes y el endeudamiento con tarjetas se convierte en la única vía de supervivencia para millones.
En este contexto, la decisión del Gobierno de fijar fecha para reformas estructurales luce menos como un acto de convicción y más como un gesto desesperado para sostener una narrativa que ya no le cree nadie fuera de su núcleo duro.
La pregunta que sobrevuela el Congreso —y que ya nadie oculta— es si el Gobierno tiene el capital político, la coherencia técnica y la estabilidad interna para impulsar transformaciones de semejante magnitud. Por ahora, lo que aparece es un Ejecutivo encerrado, presionado, cuestionado y con un margen de maniobra cada vez más angosto.
El oficialismo promete reformas “históricas”.
La realidad muestra otra cosa: fragilidad, desgaste y un poder que empieza a chocar contra sus propios límites.
