Flybondi volvió a estrellarse, pero esta vez en la mesa de operaciones. Desde que Leonardo Scatturice tomó el control de la low cost amarilla, la empresa acumula un récord que ya no sorprende a nadie: más de 200 vuelos cancelados y 350 demorados en apenas dos semanas de 2026. Un desastre sostenido que deja varados a miles de pasajeros mientras el Gobierno de Javier Milei mira para otro lado, como si la crisis aérea fuera un asunto privado entre el cielo y los damnificados.
La debacle no es nueva. Flybondi arrastra problemas desde diciembre, cuando en plena temporada alta se convirtió en un sinónimo involuntario —o no tanto— de caos: embarques suspendidos, reprogramaciones misteriosas, gente durmiendo en los aeropuertos y un nivel de improvisación que parecía insuperable. Pero se superó. Y con honores.
En el sector aeronáutico ya hablan sin rodeos de operatividad colapsada. A los aviones parados se le habría sumado un ingrediente todavía más delicado: sobreventa de pasajes, una práctica que, en un contexto de crisis, es combustible puro para convertir un mal servicio en una tormenta perfecta.
Los números que publica Failbondi —sí, el nombre lo dice todo— pintan el cuadro sin necesidad de adjetivos: desde el 1° de enero, 206 vuelos cancelados y 346 demoras superiores a los 30 minutos. Estadísticas de una aerolínea que parece empeñada en competir contra sí misma por el récord negativo del año.
Mientras tanto, el Gobierno libertario, tan dispuesto a opinar sobre cualquier cosa, se muestra curiosamente silencioso ante el colapso de una empresa estratégica del sistema aerocomercial. Ni controles, ni advertencias, ni medidas. Apenas un mutismo que ya genera ruido entre operadores del sector, que ven con preocupación cómo el mercado se desordena sin la más mínima señal de autoridad.
Así, Flybondi se convierte en un caso testigo: una compañía que se promociona como “low cost”, pero cuya baja es la calidad del servicio; y un Gobierno que llegó prometiendo eficiencia privada, pero que en este caso no aplica ni la vista gorda: directamente no mira.
Mientras tanto, los pasajeros siguen esperando. Algunos en la fila de check-in. Otros, literalmente, en el limbo. Y todos con la misma pregunta que nadie del oficialismo parece dispuesto a responder:
¿Cuántos vuelos más tienen que caer antes de que alguien haga algo?

