Los gobernadores volvieron a ponerle freno a Javier Milei y le recordaron que, por más motosierra que agite desde la Casa Rosada, las provincias no están dispuestas a suicidarse fiscalmente para sostener su reforma laboral. La pulseada por Ganancias se transformó en el verdadero campo de batalla, mucho más que los artículos que hablan del mercado de trabajo. Porque, debajo del título “reforma laboral”, late lo que varios jefes provinciales ya dicen sin rodeos: una reforma impositiva encubierta que les vacía las arcas.

Mientras el oficialismo acelera y manda a Diego Santilli de gira buscando respaldos prestados, los gobernadores afinan el lápiz y le marcan la cancha al Ejecutivo: si el Gobierno quiere votos, tendrá que pagar políticamente el precio. Nada de aprobaciones a libro cerrado.

Santilli arrancó su tour federal con Ignacio Torres en Chubut, pasó por Chaco para sumar al radical Zdero y seguirá por Mendoza para ver a Alfredo Cornejo, uno de los pocos “amigables”. Pero la foto sonriente no le garantiza nada: los mandatarios están dispuestos a negociar cada coma. Y, sobre todo, están mirando con alarma la caída en la coparticipación que provoca la modificación del impuesto a las Ganancias.

Ganancias: el límite rojo

El mensaje más nítido llegó desde Corrientes. Juan Pablo Valdés, recién asumido, avisó que va a revisar “pros y contras” con sus legisladores, pero que el golpe en los ingresos provinciales es inaceptable. La coparticipación viene baja, dijo, y no piensa sumarse a un experimento que deje al Estado provincial sin recursos para administrar ni las emergencias, como las inundaciones que lo tienen a mal traer desde diciembre.

En La Pampa, Sergio Ziliotto fue aún más frontal: “No hay negociación posible”. Calificó la reforma laboral como un “cambio impositivo encubierto” que le quitaría entre $20.000 y $35.000 millones anuales a su provincia. Para el pampeano, la charla con Santilli será solo sobre la deuda previsional: la reforma no se toca.

Los gobernadores “vetados” directamente ni figuran en la agenda del oficialismo: Kicillof, Quintela, Insfrán y Melella están afuera por descarte ideológico. Pero el verdadero problema para el Gobierno no son ellos, sino los “dialoguistas” que no terminan de comprar el paquete.

El frente Llaryora–Pullaro: sí, pero no

En Córdoba y Santa Fe, Martín Llaryora y Maximiliano Pullaro coinciden en algo clave: sin una negociación seria, no hay reforma. Admiten que hay distorsiones a corregir, pero también que el proyecto libertario está lejos de un equilibrio que no dañe ni a trabajadores ni al sector productivo. Ambos mantienen disputas abiertas con Nación por las cajas previsionales y advierten que cualquier cambio tributario es dinamita en un contexto de arcas provinciales perforadas y obras públicas paralizadas.

Los norteños, la esperanza libertaria

En la Casa Rosada dan por descontado el apoyo de los gobernadores del Norte Grande —Jalil, Jaldo, Sáenz, Passalacqua—, que ya fueron funcionales a otras votaciones. Pero incluso allí el humor cambió: la caída de la coparticipación y la baja propuesta del impuesto a las sociedades (de 30% a 27% y de 35% a 31,5%) amenaza ingresos que ya vienen en picada.

Un borrador que circuló entre las provincias revela que solo este punto provocaría una pérdida de 1,6 billones de pesos en recaudación. Otro análisis del peronismo eleva el impacto a $1,7 billones en 2026. En un país donde las provincias viven atadas a la coparticipación, esos números son dinamita pura.

Un Gobierno que pide apoyo sin ofrecer anclas

El oficialismo quiere aprobar una reforma laboral que nació débil, con apoyos prestados, con sindicatos en alerta y con gobernadores que sienten que los quieren usar de fusibles fiscales. Por eso hoy la discusión no pasa por el período de prueba, las indemnizaciones o la ultraactividad: pasa por la plata, y por la lógica elemental de cualquier político territorial: no van a votar algo que deje a sus provincias en números rojos mientras la Casa Rosada les exige acompañamiento eterno.

Milei, una vez más, pide que confíen. Los gobernadores, una vez más, le responden que la confianza se construye con hechos, no con slogans. Y esta vez, las matemáticas no lo acompañan.

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