El Indec confirmó que la inflación de 2025 cerró en 31,5%, con un aumento del 2,8% en diciembre, y el dato volvió a golpear directamente la narrativa central del gobierno de Javier Milei: la promesa de domar el alza de precios “como ningún otro presidente en la historia”. La realidad, sin embargo, insiste en contradecirlo.

Porque sí, es cierto que el número es mucho más bajo que el estallido inflacionario con el que arrancó su gestión. Pero también es cierto que 31,5% anual sigue ubicando a la Argentina entre los países con mayor inflación del mundo. La baja no alcanza para hablar de éxito, ni para sostener que “la batalla está ganada”. Apenas permite mostrar un alivio estadístico frente al descalabro previo, pero no un logro económico estructural.

El gobierno celebra la desaceleración como si fuera una épica, pero detrás hay otra lectura: el freno se explica más por el derrumbe del consumo, el atraso tarifario selectivo y un esquema de ancla cambiaria que no puede sostenerse indefinidamente, que por una verdadera estabilización. En otras palabras, la inflación cayó a fuerza de recesión y licuación, no por un programa que haya corregido los desequilibrios de fondo.

Mientras tanto, Milei continúa afirmando que su estrategia es revolucionaria y que el ajuste era el único camino posible. Sin embargo, los propios números oficiales muestran que la inflación, aunque más baja, sigue siendo de las más altas del planeta. Y no hay plan integral para que deje de serlo: no hay política de ingresos, no hay esquema de precios coordinado, no hay horizonte productivo claro. Todo se apoya en la fe absoluta en el mercado y en un ajuste permanente que castiga a quienes menos margen tienen.

A un año de gestión, el relato de “la inflación está destruida” no se condice con los indicadores. La inflación no está derrotada: apenas está contenida por un freno económico que se siente en la calle, en los comercios y en los bolsillos.

El gobierno podrá seguir festejando porcentajes, pero la realidad es que Argentina todavía convive con un nivel de inflación que la mayoría del mundo no imagina, y que Milei no logró controlar. Y ese es un dato imposible de maquillar.

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