El Gobierno intenta mostrarse ordenado, activo y en control, justo cuando el frente financiero vuelve a sacudir los cimientos del plan económico. Tras el frenazo del préstamo de US$20.000 millones —el crédito que en Balcarce 50 daban por hecho— Javier Milei reunió a su gabinete para reordenar prioridades y acelerar la discusión del Presupuesto 2026, una bandera política clave para la Casa Rosada.
La foto buscada por el oficialismo es simple: un Presidente rodeado de ministros alineados, con un rumbo claro y una agenda legislativa robusta. Pero la realidad golpea más fuerte. El fracaso del megapréstamo dejó expuesta la fragilidad del esquema financiero de Luis Caputo, que ahora intenta desesperadamente un repo de apenas US$5.000 millones, muy lejos del relato épico del “fin del cepo” que el gobierno había instalado.
Aun así, Milei eligió redoblar la apuesta política. El recambio de gabinete, que incluyó movimientos internos y nuevas incorporaciones, busca reforzar dos frentes: la gestión cotidiana, muy golpeada por la conflictividad social, y el músculo legislativo, donde el oficialismo aún juega en minoría y necesita cada voto para sostener su programa económico.

El Presupuesto 2026 será la primera prueba de fuego. Milei quiere que funcione como una nueva señal a los mercados, una muestra de que su administración está en condiciones de sostener disciplina fiscal pese al temblor financiero. “Orden, resultados y previsibilidad”, repite el Presidente en cada reunión, intentando anclar un mensaje que por ahora choca con la volatilidad del dólar, la caída del crédito externo y la falta de reservas.
Mientras tanto, el Gobierno se aferra al discurso de que “la tormenta es parte del proceso” y que el rumbo no cambiará. La apuesta es riesgosa: una economía en tensión, un gabinete que aún busca cohesión y un 2026 que llega cargado de desafíos, con Milei obligado a mostrar resultados concretos mucho antes de que la política o los mercados le den una segunda oportunidad.
