La fábrica de ollas Essen terminó de blanquear lo que ya era un secreto a voces: dejó de producir en Argentina para convertirse en una simple importadora de productos chinos. Y mientras esa reconversión empresarial avanzaba en silencio, 30 trabajadores fueron despedidos de un día para el otro, sin contemplaciones y con el mismo frialdad con la que se mueve un Excel.
La UOM salió al cruce y denunció lo que realmente está pasando: empresarios que durante años se presentaron como “modelo industrial” ahora se suben sin pudor al boom importador del Gobierno, aunque eso implique vaciar plantas, romper contratos sociales y tirar a la calle a decenas de familias. Una postal perfecta de un país donde la industria retrocede y los negocios fáciles avanzan.

Essen —marca histórica, símbolo de otro tiempo— hoy es apenas otro ejemplo de cómo la apertura descontrolada está golpeando a la producción nacional. No hubo plan de reconversión, no hubo aviso, no hubo alternativas: sólo la decisión fría de traer ollas ya hechas desde China, más baratas, sin obreros, sin talleres, sin máquinas encendidas.
El resultado es siempre el mismo: menos industria, menos empleo, menos futuro. Y un gobierno que, lejos de frenar esta dinámica, la celebra como si se tratara de una modernización, cuando en realidad es un retroceso que pega donde más duele: en el trabajo argentino.
